Que Franco no tuviera disponible el celular complicaba todo aún más. Nos dejaba menos margen para organizar algo. Así que a falta de tiempo y de plan, tuvimos que improvisar a la carrera.
Cuando sonó el celular de Rocío, con un llamado del gerente del canal, se me empezó a ocurrir una posible salida.
-Tengo que irme. Mi jefe quiere que le haga la nota ahora. Van a subirme con la grúa. ¿Saben lo que me dijo?
-Que lo hagas llorar, ya nos contaste.
-Si, pero además, que si veo que quiere saltar, que trate de demorarlo hasta la tardecita, por que es el horario de más audiencia.
-Qué pedazo de hijo de puta carnicero sin estómago…
-Bueno Negro, ya está, ya está… calmate – serenó Adalberto.
-¿Sabés qué tan cerca de Franco vas a estar?- pregunté.
-Dicen que voy a llegar a unos seis o siete metros de él.
-¿No tenés vértigo? Yo ni en pedo me subo ahí – dijo Fernando, que ayunaba de valentía.
-No, hice cosas peores para el canal. Una vez, en una toma de rehenes, quedamos en medio de un tiroteo…
-Estás loca – aseguró el Negro.
-Franco ya habló con vos, ya sabe quién sos. ¿Podrás apagar el micrófono unos segundos y darle un mensaje?
-Si, seguro, pero ¿si no me escucha bien? Mirá que arriba hay más viento que acá. Incluso los del canal no están seguros que logre hablarle.
-¿Te animás a tirarle algo? - se me ocurrió – siete metros hay de acá a la vidriera más o menos. Creo que llegás bien.
-¿Qué querés tirarle?
-Un celular. Así le explicamos lo que se me acaba de ocurrir.
-Primero contá tu idea… – exigió Fernando, con sensatez, pero la arruinó diciendo:
-Mirá si ésta –señaló a Rocío- le pega con el teléfono en la cabeza, lo desmaya y se cae. Sería el colmo del suicida arrepentido... ¿o sería homicidio?
-Ves que sos un pelotudo – confirmó la prima.
-Bueno, lo que se me ocurrió es una pavada – dije algo avergonzado – Acá va:
Y durante los siguientes minutos fui improvisando un plan, ante el silencio del resto, que me seguían con atención e incredulidad. Cuando terminé, el Negro dijo lo suyo:
-Hace agua por todos lados. Igual lo van a cagar a trompadas, y cuando baje lo internan o lo meten en cana. Además, no hay coima que pare a la policía –y miró a Fernando, que confirmó:
-No, no creo que esto se arregle con guita esta vez. Esto sirve para la campaña…
-Bueno, saquemos el tema de la coima a los canas – la arreglé sobre la marcha - veamos a Ángel, el encargado, a ver si nos da una mano. Y si no quiere, lo adornamos a él. Un encargado de edificio jamás se niega a un billete.
-Tenemos que ganar un poco de tiempo. Hay que hacerlo así. ¿Alguna otra idea? – me enojé – porque si no hay otra alternativa hagamos esa y que sea lo que Dios quiera.
-Me tengo que ir – dijo Rocío al oír que su celular empezaba a sonar.
-Esperá, repasemos: Vos, llevate el celular mío y se lo tirás a Franco. Si te preguntan algo, deciles que es para tener la exclusiva. Negro ¿tenés plata?
-Si.
-Listo, tratá de verlo a Ángel lo antes posible.
-¿Quién es Ángel?- preguntó Fernando.
-El encargado del edificio de Franco, nene, lo dijo él recién. Despertate querés.
-Prestame tu celular, Adalberto. Te llamamos todos al número de acá. Quedate cerca del teléfono. Anoten los que no lo tengan. Yo me voy a ver la vieja de enfrente, la del batón y los ruleros –dije.
-Se llama Ramona –aportó Rocío.
-¿Podrás conseguir lo que te pedimos?- apunté el policía.
-Si, dalo por hecho, – respondió Fernando –te lo llevo para allá. Che, me parece que me merezco ese barril de cerveza que tenés ahí en la barra.
-Es para Franco. Se lo prometí hace un rato –aclaró Adalberto.
-Dejá de manguear, no estás en la comisaría –le dijo la prima. Y se dirigió a mí:
-Yo ahora hablo con mi compañero Pablo para que consiga lo que tenemos en la camioneta.
-Ese te va a cobrar favor, eh.
-Cortala estúpido. Pablo, además de camarógrafo, es buena persona, no como vos.
Hubo cinco segundos de silencio total en la mesa. Terminamos de anotar los números de teléfonos que nos faltaban y nos pusimos de pie.
Los nervios nos decoraban las caras y la prisa nos pisaba los talones, así que con un poco convincente “suerte”, nos despedimos y fuimos saliendo del café de Adalberto.
Afuera había cada vez más gente. Esta vez no reparé en nadie. No me importaba ya el circo y sus participantes. Había que tratar de evitar consecuencias posteriores para Franco y ahí estábamos nosotros para intentarlo.
Fernando, con su uniforme, le abrió paso al Negro, logrando que entrara al edificio a ver a Ángel. Rocío y el camarógrafo se fueron hasta la camioneta del canal, estacionada al lado de la grúa.
Yo crucé entre la gente -a los empujones- hasta llegar al edificio de enfrente. Ramona estaba en la puerta junto a otras mujeres. Me quedé a un costado esperando a que vinieran Fernando y Pablo, mientras veía que Rocío se acomodaba en la plataforma de la grúa. Sentí súbita admiración por esa chica que me había parecido tan frívola por televisión y tan humana en el café.
-Ese que está ahí es amigo de Franco – escuché de pronto. Giré la cabeza y vi a Carla, la pelirroja, que me señalaba y repetía “ese es el amigo de Franco”. Se lo decía a una chica joven, que tenía un grabador en la mano. Quise escabullirme pero fue inútil. En tres segundos tenía frente a mi boca un pequeño micrófono conectado a un grabador con el logo de una radio FM. Me quedé mudo ante su brutal sinceridad.
-Necesito hablar con vos. Sé que sos amigo de Franco. Te ruego que me des una entrevista cortita al menos, unas palabras. Me sirve cualquier cosa. Hace horas que estoy acá y si no vuelvo con una nota a la radio me echan, por favor, decime algo, yo mantengo a mi mamá y mis hermanos– suplicó.
“¿El trabajo de cuántos depende de esto? morbo: fuente laboral” pensé para escribir algún día, mientras miraba como la grúa empezaba a elevarse.
Rocío, en el momento del ascenso, me llamó.
-Te veo subir – dije, esquivando el micrófono de la radio.
-Estoy muy nerviosa. Tengo malas noticias: Pablo no va a poder ir. Tiene que quedarse a trabajar acá. Igual te mando las cosas que me pediste con mi primo.
Y cortó.
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lunes, 10 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
15. LA DESHONRA DE LOS BORGES
Igual que un gigante que se despereza lentamente, la grúa iba subiendo a Rocío. Camarógrafos de todos los medios seguían la escena desde distintas ubicaciones. El silencio de la mayoría de la gente acompañaba el ascenso y, copiando el saludo de un pelotón del ejército -con la periodista izada como el pabellón nacional- todos levantaban sus brazos apuntando con sus celulares hacia arriba. La imagen me impactó.
Desde las ventanas cercanas a las que pasaba Rocío en su trepada mecánica, salían a saludarla. En el tercer piso un nene tiró papelitos picados y el papá agitó un banderín de argentina. En el quinto, una mujer tomaba fotos. A la altura en la que estaba colocada la bandera de publicidad de una inmobiliaria, la grúa se detuvo con brusquedad, previa sacudida de la plataforma, acompañada por un murmullo general.
Instintivamente corrí hacia la calle para ver qué ocurría con la máquina. Llegué a escuchar al tipo que la manejaba; le decirle a otro: “tengo que dejarla unos segundo ahí, así sale en primer plano la publicidad de la inmobiliaria; se pusieron como dios manda”. Y acto seguido, la grúa retomó la subida.
Al girar para volver a la vereda en donde estaba Ramona, pisé a alguien. “Perdón”, dije y vi que la víctima del pisotón era la chica de la radio, que me había seguido.
-Vas a tener que darme la nota para que te perdone – me extorsionó .
-No.
Seguí caminando con ella al lado mío (grabador en mano). En el cordón de la vereda me tomó del brazo para detenerme.
-Por favor… pará, necesito que me digas algo, no puedo volver a la radio sin nada, no seas malo…
Interrumpió la frase Fernando, que desde el costado que da a la peatonal gritó:
-No te puedo dejar solo, eh. Ya te levantaste una minita.
La chica giró para insultarlo pero se detuvo al ver que el imbécil estaba envuelto en un uniforme policial. Venía cargando todo lo que necesitábamos.
-Ayudame, che, que me largaron solo con todo esto. El noviecito de mi prima se hizo el boludo y dijo que tenía que laburar. Te las vas a tener que arreglar como puedas.
-¿Como te llamás, muñeca? – se hizo el galán de juguetería.
-Me llamo Karina ¿Vos lo conocés a Franco? – la chica era más viva que orgullosa.
-¿A Franquito?
-Si.
-No.
-Pero lo conocés a él – me señaló-, que es amigo de Franco….
-¿Y esta quién es? Mirá nena, acá… – la vi venir- …las preguntas – vi venir la frase hecha, estiré mentalmente el brazo pero no la pude detener- …las hago yo. – chapoteó en la palangana de los lugares comunes. La cronista se sonrojó y pidió disculpas.
-Bueno, pará, arranquemos de nuevo. Me llamo Fernando Borges…
No. No. Podría haberse apellidado de tantas maneras… pero no. El desubicado estúpido tenía el privilegio de llevar ese apellido. Borges y yo, recordé. Y en lugar de pensar en el Maestro ciego, me vino a la mente mi amigo Juan Pablo Neyret , ilustre Maestro de cronistas.
-¿Esa vieja de ruleros es? - me cortó los pensamientos el energúmeno, la deshonra de los Borges, que señalaba a Ramona.
-Si. Sé más discreto – pedí.
-Dale, vamos que yo la encaro. ¿La chica viene con nosotros? – guiñó el ojo.
-Si, voy. Dame algo que te ayudo- se ofreció Karina - ¿todo esto para qué es?
Fernando iba a contestar, pero afortunadamente el aplauso de toda la gente lo distrajo. La grúa había completado la subida al máximo de sus posibilidades. Rocío estaba a ocho o diez metros de Franco. Podía verse cómo el viento sacudía la plataforma. Sonó el celular.
-Buenas noticias – me dijo el Negro.
-Si, la estoy viendo. Pero está un poco más lejos de lo que calculábamos.
-No, me refiero a lo de Ángel. Los policías no pueden terminar de abrir la puerta de la terraza porque se les quemó la máquina que trajeron para eso. La enchufaron sin transformador y fue. Ahora están trayendo otra. Ángel se cagó de risa mientras me lo contaba, así que no hizo falta que le pidiera nada. Dicen que les va a llevar como media hora. Si Rocío le tira el celular a Franco ahora vamos a tener tiempo para avisarle lo de la policía así se salva de la cagada a palos. ¿Vos le mandaste los cigarrillos?
-No.
-Uh, yo tampoco. ¿Esta chica fuma?
-No sé. Creo que no. ¿Tu prima fuma? - le pregunté al policía.
-No. Y no toma alcohol tampoco. Es una amarga.
-Qué cagada.
-¿Dónde estás ahora, Negro?
-Sigo en el edificio. Si salgo no voy a poder volver a entrar, así que me quedo. No la veo a Rocío desde acá… ¿está muy lejos de Franco?
-Un poco. No sabés como se mueve la plataforma. Yo ya estaría vomitando.
-Vos porque sos un maricón que te desmayás por cualquier cosa – se lo escuchaba al Negro de buen humor
-Pará –dije, sobresaltado- le está gritando algo a Franco. Hace señas. No sé qué le dice. Abre los brazos y vuelve a gritarle algo. Franco se acerca al borde, me parece que porque no la escucha.
-¿Qué hago, salgo? –pregunta el Negro, con otro tono.
-No, quedate ahí a ver qué pasa. Yo te cuento lo que veo.
-¿Vos decís que no llega a escucharla?
-Para mí que no, se ve que hay mucho viento, el pelo de Rocío flamea muchísimo y no está cerca. Uh, la grúa se mueve. Empezó a hacer el ruido que hacía cuando subió.
-La van a bajar – asegura Fernando
-Si, creo que la van a bajar porque es peligroso. Ella sigue haciendo gestos y gritándole a Franco. Abre los brazos y después le vuelve a gritar. Ahí se mueve la plataforma. Si, la van a bajar.
-¿Y el teléfono? – pregunta el Negro, justo en el momento en el que Rocío estira el brazo hacia atrás, gira para tomar impulso y lo arroja hacia Franco, que también estira su brazo. El viento y la distancia se divorcian de la buena suerte, y el teléfono pega contra el frente del edificio y cae, paralelo a la fachada y a nuestras esperanzas.

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