miércoles 15 de julio de 2009

Por algo se empieza...


Para poner en movimiento otra vez esta choza no me queda otra que limpiar. Alguien tiene que hacerse cargo de la mugre.
Esto tiene que quedar impecable porque en breve se viene...


lunes 26 de enero de 2009

¿Y AHORA QUÉ?


lunes 6 de octubre de 2008

17. CAPÍTULO FINAL


al Maestro Julio Alfonso



Al llegar a la terraza del edificio de Ramona, Karina se acercó hasta el borde sin dar señales de vértigo ni miedo. Estábamos unos pisos más abajo en relación a la altura en la que se encontraba Franco, pero podía vérselo bastante bien. Karina le gritó varias veces sin lograr que él mirara hacia nosotros.

-No me da bola. Se nota que es amigo tuyo… – protestó.

Asomándome a la calle pude ver el cordón policial, formado desde la entrada del edificio hasta una camioneta de la policía, estacionada junto a una ambulancia que tenía las luces encendidas.

Traté de coordinar por teléfono lo poco que podíamos hacer. Llamé a Fernando.

-Escuchame, no hay tiempo, tratá de entrar y deciles a los que están a cargo que estuviste investigando y sabés algo. Contalo y remarcá que no querés que “la fuerza” haga un papelón. Capaz que dudan y esperan un poco más hasta confirmarlo. Ahora llamo a tu prima.

Corté sin saludarlo. Vi que uno de los policías rompía el cordón y corría hacia el edificio. Llamé a Rocío.

-Me habló el Negro recién. Dice que están por subir ahora. Si podés hacé el flash en directo ya mismo.

-Justo tengo que salir al aire ahora. Acá dicen que ya se tira. Van a subir a Pablo con la grúa para que filme.

-Listo, Rocío, muchas gracias por todo.




Franco estiró los brazos hacia arriba y luego hizo sonar el cuello, al girar con brusquedad su cabeza a ambos lados. Llevaba ahí arriba más tiempo del que hubiera imaginado estar. Cada tanto se asomaba un poco más a la calle y oía los murmullos ligados a sus movimientos. Era el director de la orquesta del morbo tocando en vivo.

No había entendido una sola palabra de las que le gritó la periodista desde la grúa, antes de arrojarle el teléfono. Ese teléfono era enviado por sus amigos, supuso, como también calculó que de alguna manera le haría llegar las noticias que hicieran falta. Pero tardaban tanto…




Trasmitiendo en vivo y en directo para todo el país, desde la ciudad de Mar del Plata. Estamos en la vereda del edificio en el que un joven marplatense, de nombre Franco, se encuentra parado en el borde del tanque de agua, lleva varias horas ahí…

Desde temprano se dijo que aparentemente intentaría suicidarse… pero tenemos una información de último momento, que estamos intentando chequear, que hablaría de otra versión de los hechos. Aparentemente, este caso que mantiene en vilo a toda la población, y tiene como epicentro la peatonal San Martín, se trataría de...



-Negro ¿estás con Ángel?

-Si, si, pudimos subir hasta la terraza. Me hizo pasar por el presidente del consorcio. Te hablo bajito porque estamos rodeados de canas.

-Explicale a Ángel… decile que se haga el boludo, no sé, dale plata si hace falta.

-Ahora le digo, pero no creo que haga falta pagarle, porque recién me dijo que odia a la policía… ¿subiste ya?

-Si. Estoy en la terraza de Ramona ¿qué pasa ahí, lo ves a Franco?

-No, desde acá no se ve. Están armando el último tramo de la escalera para subir al tanque. Hay dos uniformados con cámaras. Recién escuché que van a subir tres tipos y uno más a filmar, la otra cámara se queda acá. Acaban de subir una camilla. Hay una saliente de hormigón, casi en el borde el tanque, así que primero llegan ahí y después suben de golpe y lo agarran. El piso de la terraza está lleno de sogas y cables. Estos pelotudos están todos armados como si Franco fuera de Al Qaeda.

-No pueden estar acá, se tienen que retirar –
escuché una voz que le hablaba al Negro.

-Yo soy el encargado del edificio, señor, y tengo derecho... –Ángel protestaba infructuosamente.

-Se retiran ahora.

-Tenemos que salir de acá
–confirmó el Negro, -estos forros nos echaron.

-Quedate lo más cerca que puedas, tratá de…
- no terminé la frase. El Negro me interrumpió:

-Ese es Fernando. Pará, no cortes que ahí viene el primo de Rocío.

-¿Qué hacen acá, están en pedo? los van a cagar a palos a ustedes también. Estos son bravos…

-Nos sacaron de la terraza ¿vos nos podés hacer pasar?

-No, no creo que me dejen pasar a mí ni siquiera. A ver, esperen.

-¿Escuchaste? –
me preguntó el Negro.

-Si. Yo le pedí que suba a hablar. Ojalá que alguien le de bola. Llamame cuando tengas alguna novedad.




De pronto Karina me apretó el brazo mientras señalaba, nerviosa, la terraza vecina a la nuestra. No podía ser peor. Unos metros más arriba de donde estábamos, vimos en la azotea del edificio contiguo a un policía apuntando hacia Franco. Parecía un francotirador de película. Sentí pánico, pero no cinematográfico sino literal. Me quedé estático.

No supe qué hacer hasta que Karina, muy asustada, me exigió…

-Llamá a alguien, llamá a alguien ahora mismo por favor…

-¿A quién querés que llame, nena, a la policía? –
dije eso y reaccioné. Llamé a Fernando.

-Hay un compañero tuyo en el techo de acá al lado apuntándole a Franco – me desesperé.

-Ah, si, es por las dudas.

-La puta que te parió, qué por las dudas… no te hagas el gracioso en este momento, pelotudo…

-Calmate Flaco, quedate piola que te estoy diciendo la posta. Es parte del operativo de rutina. Mirá si Franco fuera un loco armado y empezara a disparar…

-Qué mierda va a estar armado Franco, dejate de joder. ¿Y si el tipo este estornuda por casualidad y se le escapa un tiro?

-El arma tiene el seguro puesto, loco, no seas negativista, che.

-Negativo o pesimista, pero no negativista
,– le grité – y Dios quiera que tu compañero no sea alérgico

-Dejame de hinchar las pelotas que estoy tratando de hablar con el que manda a acá y no me dan bola. Después te llamo. Y no me vuelvas a putear, eh.

-Andá a cagar –
rematé y corté. Inmediatamente sonó el teléfono.


-Estoy viendo a Rocío en la tele, está mandando fruta como loca. Esa piba vale oro, che. – me dijo Adalberto en cuanto atendí el celular.

-Si, la verdad que si. ¿hablaste con Bety? – recordé que Adalberto iba a pedirle a su hermana Beatriz, abogada, que nos consiguiera algún permiso o papel firmado.

-Si.

-Pienso que vamos a necesitar un abogado para Franco porque esto no para con nada, al Negro lo echaron de la terraza del edificio, al lado mío hay un francotirador de la policía, Rocío hace lo que pude pero no creo que le crean y me parece que vos tenés razón y que lo mejor que puede pasar es que Franco baje, como sea, y después nos ocupamos acá
– decía eso, auspiciado por el desaliento.

-Pero… che, calmate un poco. A mi hermana la llamé hace un rato y viene para acá. Recién me mandó un mensaje para avisarme que estaba estacionando frente a la catedral, quedate tranquilo. Trae lo que consiguió. Lo del francotirador es por prevención, recién lo vi por la tele y te estoy llamando justamente para avisártelo. Franquito va a bajar y nosotros lo vamos a bancar en la que sea. Serenate y vení si querés, así hablamos con mi hermana para ver qué se puede hacer.

-Sos un capo, Adalberto; estás en todo. Gracias.


Miré a Franco. Ahí estaba de pie, mirando plácidamente hacia el mar.

-¿Sabés armar eso? – le pregunté a Karina, señalando los caños que habíamos subido con el bolso.

-Si, claro, es una pavada armar el trípode.

-Dale, armalo y ponele la cámara ¿Cómo se prende esto? -pregunté, con el megáfono ya en la mano.




Ahora que el viento había menguado -tras haber empujado el telón de nubes- el sol hizo que Franco pueda ver su sombra por primera vez en el día. La achicó el sentarse. Y la estiró al recostarse paralelo a la calle corrientes, no tan cerca de borde del tanque. Corrió el pelo que caía sobre su frente y se entregó a la tibieza de la tarde, mientras decidía si empezaba a los gritos para que lo bajaran o esperaba alguna señal de sus amigos. Supuso que todo lo sucedido le iba a costar caro, en más de un aspecto. Semejante despliegue de prensa y policía por su culpa. No sería gratis.

Lo sobresaltó un ruido cercano. Distinto a los que provenían de la calle. Se asomó un poco a la multitud. No, no era esa muchedumbre que otra vez murmuraba lo que él había oído. Fue un choque metálico y seco.
Volvió a recostarse, a retomar la posición en la que estaba para tratar de detectar de dónde provino ese sonido…




-Tengo que pasar si o si, la puta madre. Traigo información importante. Yo también soy policía, carajo. Nos vamos a mandar una cagada con ese flaco….

Luego de forcejear y gritar un poco, Fernando accedió a la terraza. Fue directamente hacia quien dirigía el operativo.

-Acá nadie grita, sabe. ¿Cómo se llama?

-Agente Fernando Borges, señor.

-¿Es pariente del escritor?

-¿Qué escritor? todos me preguntan lo mismo.-
Luego explicó, torpemente, lo que “había investigado”.

-Oiga agente ¿usted está seguro de lo que dice? – ahora todos rodeaban a Fernando, interesados en su “información”.

-Eso es basura, jefe, no lo escuche, mire si vamos a creer esa boludez. Estos pendejos vienen cada vez peor. Prepará la cámara, López y subamos ahora. – dijo el encargado de encabezar la subida.

-Arriba...

-Borges, quédese por acá que cuando termine esto quiero hablar con usted y después con su superior. La puta madre, qué desperdicio ese apellido…


Fernando se acercó a un rincón y desde ahí envió un mensaje de texto al edificio de enfrente; decía: suben ahora.




Franco escuchó de nuevo ese ruido a metal, esta vez acompañado por algunos gritos más cercanos. Se puso de pie. Caminó hasta el borde del tanque, en donde fue casi ovacionado por la gente, que llevaba un rato sin verlo. Comprobó que la grúa había vuelto a subir, ahora con un camarógrafo en lugar de la periodista. Se quedó atento a los movimientos de la plataforma, que maniobraba con menos dificultad que antes, gracias a la falta de viento. Atribuyó a la máquina el ruido anterior.

A cuatro metros de su espalda, apareció el borde metálico de una escalera. Franco seguía concentrado en la grúa, creyendo que iban a arrojarle otro teléfono. No percibió la sigilosa subida de los tres policías (el cuarto se quedó filmando desde la escalera).

Los oficiales, que habían subido casi arrastrándose, se pusieron lentamente de pie. Dos estaban armados y el tercero, encargado de ir hasta Franco, llevaba una soga atada a su cintura y anclada, en el otro extremo, en la terraza. Se irguió por completo y comenzó a caminar muy despacio.

A Franco le pareció ver que asomaba a su lado una sombra y se paralizó…



Fue tan repentino que no tuve tiempo para pensar. Recibí el mensaje de Fernando, levanté la vista y vi todo a la vez: a Franco acercándose al borde, a Pablo que era elevado con la grúa y, lo peor, cuando vi a los tres policías ya subidos al tanque.

Corrí hasta el filo de la terraza, ubicándome junto a Karina, que ya tenía armado el trípode con la cámara. “Filmá” le pedí y encendí el megáfono para decir…

-Muy bien Franco, muy bien, ahora parate derecho y abrí los brazos, bien abiertos… -me reconoció la voz al instante, lo noté cuando asintió levemente con la cabeza en ese gesto tan suyo, casi imperceptible- eso Franquito… ahora tenés que girar y con esta toma terminamos por hoy. Fue un día largo…– dije. Y de pronto grité como un loco:

-¡Corten! ¡Corten! La puta madre, qué hacen esos tipos ahí en medio de la filmación. ¿Quién mierda los dejó subir? Estamos grabando y me cagan la toma final ¿son actores, extras? ¿qué carajo son? La escena de los policías es mañana en el Torreón del Monje… la putísima madre que los parió… estoy rodeado de inútiles… Franco bajá nomás, que vamos a tratar de editar lo que tenemos. Quiero hablar con el pelotudo que dejó subir a esos tipos. Ya voy para allá.

Los policías hacían gestos entre ellos. Hasta el francotirador dejó su puesto y se acercó a mirarnos. Por supuesto, con Karina lo ignoramos.




Podemos confirmar entonces, en directo para todo el país, que fue primicia nuestra: el joven que permaneció durante horas en el tanque de agua, es un actor marplatense de nombre Franco. Se encontraba filmando un cortometraje documental acerca del sonambulismo. Nosotros en exclusiva lo anunciamos antes que ningún otro medio. Se sabe que la policía actuó en el lugar preventivamente, y habría sido llamada por vecinos que no estaban enterados de la filmación.

Acá vemos pasar al director del proyecto, que se dirige al edificio… por favor, unas palabras que estamos en directo…

-No quiero hacer declaraciones
–le dije a Rocío, fingiendo mal humor- tengo que averiguar quién fue el imbécil que arruinó mi trabajo de horas. Disculpame. – Y seguí caminando junto a Karina hacia el hall, en donde me encontré con Ángel, Adalberto, Bety, Fernando y el Negro.

Los policías iban saliendo de a cuatro por ascensor, sin decir palabras. Ángel guardó el megáfono, la cámara y el trípode en el cuartito de la limpieza antes de que saliera el jefe del operativo, que primero se detuvo adelante mío preguntando:

-¿Quién autorizó todo esto y porqué no me avisaron antes?

-Acá mi abogada tiene todos los permisos en regla- mentí un poco-. Un colaborador mío habló con el agente
– señalé a Fernando.

-Agente Borges… –dijo, y enrojeció al ver que Rocío entraba al edificio junto a Pablo, con la cámara encendida. - …quiero que trabaje con nosotros. Venga a verme mañana. Carajo, con ese apellido tenía que ser bueno. – y se fue sin saludar.




Se abrió la puerta del último ascensor y finalmente apareció Franco. La rueda de abrazos y lágrimas fue interminable. Hasta Ángel lloró.

-Así que soy el protagonista de una película…- se jactó Franco riendo, mientras recobraba el aliento - …y ¿cómo se llama?

-Un pelotudo en la terraza –
dijo el Negro.

-Morir un poco menos… -dije yo, y pregunté -¿te gusta?

-Te contesto si me das un cigarrillo.






domingo 5 de octubre de 2008

16. YA SUBEN A BUSCARLO


Rocío bajó de la plataforma de la grúa, junto a su frustración, y vino directo hacia donde estábamos con Fernando y Karina. Acomodaba su pelo, nerviosa, mientras decía:

-Soy una pelotuda, perdoname. Estaba muy lejos, apagué el micrófono y le grité como una loca. Creo que no me escuchó. Le hice gestos para que… ay, perdoname, lo arruiné.

-Apagá eso ya
– le dije a Karina, al ver que estaba grabando la conversación.

-Dame el grabador – ordenó Fernando, tirando un manotazo fallido. Karina guardó el aparato.

-¿Quién es ella? – preguntó Rocío.

-Hola, soy Karina. Qué bueno conocerte personalmente… admiro tu trabajo. Yo estoy en la FM…

-Hola
– saludó, seca, Rocío. Y preguntó:

-¿Qué vamos a hacer ahora?

-Recién corté con el Negro, que sigue adentro del edificio. Me contó que… ¿podés apagar eso, nena?

-No, no si no me decís qué pasa, qué están haciendo.

Fernando le arrebató el grabador, esta vez con un movimiento impecable.

-Listo – dijo el policía, sonriendo.

-El Negro me decía que teníamos un poco más de tiempo porque a los policías se les complicó el tema de abrir el acceso a la terraza. Pero eso fue hace un rato, así que ya deben…

-Si,
–interrumpió Fernando- recién me avisaron que ya casi están con esa puerta de mierda. Yo le hubiera tirado una granada.

-¿Averiguaste si te dejan pasar a vos, Rambo?-
preguntó Rocío a su primo.

-No dejan pasar a nadie de acá. Vinieron los del grupo y solo pasan ellos.

-Porque yo pensaba que podíamos meterte para que fueras vos el camarógrafo de la policía que va a subir… ¿no podés tirarte el lance?

-Qué caro te puede a salir esto, prima… no, no puedo, en serio.

-¿De qué hablan? ¿va a subir la policía a buscar a Franco? ¿se va a suicidar o no? ¿le van a tirar una granada? –
Karina ya estaba resultando una molestia.

-Una pregunta más y te llevo a la comisaría ahora, y las vas a pasar muy mal.

La chica lo miró y empezó a llorar. Lo que nos faltaba. Ya éramos observados por muchos, que siguieron con la mirada a Rocío cundo bajó de la grúa. Y ahora Karina que no ahorraba sonidos con su llanto. Rocío la abrazó.

-Calmate, no le hagas caso. Mi primo no sabe tratar a la gente.

Entre sollozos, Karina le contó a su colega que necesitaba hacer una nota porque si no la iba a echar de la radio, y ella era el único sostén económico de su familia. Secaba sus lágrimas cuando me señaló:

-Él no me quiere decir nada – parecía una nenita que acusaba a un compañero del jardín de infantes.

Iba a decir algo en mi defensa, pero sonó el teléfono. Era Adalberto que estaba siguiendo todo por televisión.

-Che, estoy viendo como quedó tu celular contra la vereda. No creo que le hagan autopsia ¿no?.

-Qué gracioso. Estamos complicados, viste lo que pasó. Creo que Franco no se salva de la paliza.

-Mirá, yo estuve pensando
–Adalberto siempre tenía palabras oportunas- en que hasta hace unas horas todos estábamos desesperados, viste. Creíamos que Franquito se iba a matar. Eso es algo que no tiene arreglo, como tu teléfono –me hizo sonreír-, lo otro, bueno, si se come una paliza, si lo meten en cana, si lo internan… qué se yo, ya veremos cómo le damos una mano. Lo que de verdad importa es que no se haya tirado. Yo tengo algunos pirulos más que vos…

-Muchísimos.

-Dije algunos. Yo que apenas tengo unos años más que ustedes, sé que lo que sea que le pase a Franquito cuando baje se puede arreglar. Y le va a servir para no hacer más boludeces, vas a ver.

-Si, estoy segurísimo…
-dije.

-Viste…

-… segurísimo que tenés muchos años más.-
Escuché reír a Adalberto. Antes de cortar me dijo que acababa de decirle al Negro lo mismo que a mí. Y tenía razón. Lo peor para nosotros había sido creer que Franco se iba a matar y no poder hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, me costaba resignarme a esperar, a ver cómo lo iban a bajar, cómo lo molerían a palos…

-¿Qué hacemos? – preguntó Rocío – porque ya me tengo que ir.

-Yo también…
– dijo el policía -… vamos a hacer un cordón de contención desde la entrada del edificio hasta la patrulla. Dice un compañero mío que Franco va directo a la comisaría y de ahí al juzgado.

-Tenemos que tratar de hacer algo más. Habíamos quedado en intentarlo con Ramona, para eso trajiste todas las cosas esas…
-le dije a Fernando.

-Si, pero me tengo que ir ya. Igual, acordate que falló lo del celular, así que Franco no sabe qué carajo pasa. Ya fue. Yo voy a hacer lo posible para que no le peguen mucho en la seccional.

-Dale, aunque sea acercate hasta la puerta, con tu uniforme capaz que ayudás –
pidió Rocío.

-Bueno, dale, vamos -aceptó Fernando.

-Yo voy con ustedes si o si – dijo Karina.

-No.

-Llevala con vos ¿qué te cuesta?
– me pidió Rocío. Subimos a la vereda y encaramos hacia el edificio en dónde vivía Ramona: ahí estaba ella, con batón y ruleros en la puerta, hablando con vecinos y curiosos.

-Señora me llamo Fernando Borges…

-Hola querido… ¿sos algo del Escritor?

-¿De quién?

-Hola, cómo le va… –
interrumpí- no sé si me recuerde, nos vimos hoy temprano. Vine acá con el oficial Borges porque tengo entendido que usted vive en el último piso de este edificio.

-No te ubico, nene, pero si, yo vivo acá desde hace 41 años. Soy la presidenta del consorcio.

-Ah, mire qué justo. Nosotros venimos a hacerle un pedido, sabe, estamos…
- y a partir de ahí, durante los siguientes 10 minutos hablé sin parar, inventando una explicación que la convenciera. Necesitábamos entrar si o si. La mujer me miraba con desconfianza, más que nada porque Fernando se retiró a mitad de mi discurso, y sólo quedamos Karina, los bártulos y yo. No me creyó una palabra.

-Acá no pasás… ¿tenés credencial o algo?

-No las tengo encima, por eso vine con el oficial de policía, para que usted vea que…

-¿Vos estás seguro de lo que decís? Mirá el despelote que se armó con esto… no, igual necesito algo escrito o una credencial o acá no pasa nadie.

-Capaz que las tiene Rocío. Ya vengo…
– interrumpió Karina, y salió corriendo. Celebré la ocurrencia repentina de la movilera de la radio, que al instante volvió con Rocío del brazo. Ramona la reconoció de inmediato.

-Ay, nena, vos sos la de la tele…

-Hola, cómo está
– le dio un beso- ¿le explicaron de qué se trata?

-Si querida, la verdad que no salgo del asombro… pero si están con vos está bien.


Lo que no pudo el uniforme policial ni mi parloteo lo logró la prensa. Conseguimos entrar en dos segundos. Mientras Rocío se despedía de Ramona yo aproveché para agradecer la ocurrencia a Karina y, a grandes rasgos, contarle la verdad de lo ocurrido durante el día.

Sentí que todavía podíamos hacer algo por Franco. Adalberto estaba en lo cierto, si, pero no estaba mal intentar hasta el final.

En el ascensor en el que nos dirigíamos a la terraza sonó el celular.

-Cagamos, – me dijo el Negro – abrieron la puerta y están armando la escalera. Ya suben a buscarlo…



viernes 3 de octubre de 2008

15. LA DESHONRA DE LOS BORGES


Igual que un gigante que se despereza lentamente, la grúa iba subiendo a Rocío. Camarógrafos de todos los medios seguían la escena desde distintas ubicaciones. El silencio de la mayoría de la gente acompañaba el ascenso y, copiando el saludo de un pelotón del ejército -con la periodista izada como el pabellón nacional- todos levantaban sus brazos apuntando con sus celulares hacia arriba. La imagen me impactó.

Desde las ventanas cercanas a las que pasaba Rocío en su trepada mecánica, salían a saludarla. En el tercer piso un nene tiró papelitos picados y el papá agitó un banderín de argentina. En el quinto, una mujer tomaba fotos. A la altura en la que estaba colocada la bandera de publicidad de una inmobiliaria, la grúa se detuvo con brusquedad, previa sacudida de la plataforma, acompañada por un murmullo general.

Instintivamente corrí hacia la calle para ver qué ocurría con la máquina. Llegué a escuchar al tipo que la manejaba; le decirle a otro: “tengo que dejarla unos segundo ahí, así sale en primer plano la publicidad de la inmobiliaria; se pusieron como dios manda”. Y acto seguido, la grúa retomó la subida.

Al girar para volver a la vereda en donde estaba Ramona, pisé a alguien. “Perdón”, dije y vi que la víctima del pisotón era la chica de la radio, que me había seguido.

-Vas a tener que darme la nota para que te perdone – me extorsionó .

-No.

Seguí caminando con ella al lado mío (grabador en mano). En el cordón de la vereda me tomó del brazo para detenerme.

-Por favor… pará, necesito que me digas algo, no puedo volver a la radio sin nada, no seas malo…

Interrumpió la frase Fernando, que desde el costado que da a la peatonal gritó:

-No te puedo dejar solo, eh. Ya te levantaste una minita.

La chica giró para insultarlo pero se detuvo al ver que el imbécil estaba envuelto en un uniforme policial. Venía cargando todo lo que necesitábamos.

-Ayudame, che, que me largaron solo con todo esto. El noviecito de mi prima se hizo el boludo y dijo que tenía que laburar. Te las vas a tener que arreglar como puedas.

-¿Como te llamás, muñeca?
– se hizo el galán de juguetería.

-Me llamo Karina ¿Vos lo conocés a Franco? – la chica era más viva que orgullosa.

-¿A Franquito?

-Si.

-No.

-Pero lo conocés a él –
me señaló-, que es amigo de Franco….

-¿Y esta quién es? Mirá nena, acá… – la vi venir- …las preguntas – vi venir la frase hecha, estiré mentalmente el brazo pero no la pude detener- …las hago yo. – chapoteó en la palangana de los lugares comunes. La cronista se sonrojó y pidió disculpas.

-Bueno, pará, arranquemos de nuevo. Me llamo Fernando Borges…

No. No. Podría haberse apellidado de tantas maneras… pero no. El desubicado estúpido tenía el privilegio de llevar ese apellido. Borges y yo, recordé. Y en lugar de pensar en el Maestro ciego, me vino a la mente mi amigo Juan Pablo Neyret , ilustre Maestro de cronistas.

-¿Esa vieja de ruleros es? - me cortó los pensamientos el energúmeno, la deshonra de los Borges, que señalaba a Ramona.

-Si. Sé más discreto – pedí.

-Dale, vamos que yo la encaro. ¿La chica viene con nosotros? – guiñó el ojo.

-Si, voy. Dame algo que te ayudo- se ofreció Karina - ¿todo esto para qué es?

Fernando iba a contestar, pero afortunadamente el aplauso de toda la gente lo distrajo. La grúa había completado la subida al máximo de sus posibilidades. Rocío estaba a ocho o diez metros de Franco. Podía verse cómo el viento sacudía la plataforma. Sonó el celular.

-Buenas noticias – me dijo el Negro.

-Si, la estoy viendo. Pero está un poco más lejos de lo que calculábamos.

-No, me refiero a lo de Ángel. Los policías no pueden terminar de abrir la puerta de la terraza porque se les quemó la máquina que trajeron para eso. La enchufaron sin transformador y fue. Ahora están trayendo otra. Ángel se cagó de risa mientras me lo contaba, así que no hizo falta que le pidiera nada. Dicen que les va a llevar como media hora. Si Rocío le tira el celular a Franco ahora vamos a tener tiempo para avisarle lo de la policía así se salva de la cagada a palos. ¿Vos le mandaste los cigarrillos?

-No.

-Uh, yo tampoco. ¿Esta chica fuma?

-No sé. Creo que no. ¿Tu prima fuma? -
le pregunté al policía.

-No. Y no toma alcohol tampoco. Es una amarga.

-Qué cagada.

-¿Dónde estás ahora, Negro?

-Sigo en el edificio. Si salgo no voy a poder volver a entrar, así que me quedo. No la veo a Rocío desde acá… ¿está muy lejos de Franco?

-Un poco. No sabés como se mueve la plataforma. Yo ya estaría vomitando.

-Vos porque sos un maricón que te desmayás por cualquier cosa –
se lo escuchaba al Negro de buen humor

-Pará –dije, sobresaltado- le está gritando algo a Franco. Hace señas. No sé qué le dice. Abre los brazos y vuelve a gritarle algo. Franco se acerca al borde, me parece que porque no la escucha.

-¿Qué hago, salgo?
–pregunta el Negro, con otro tono.

-No, quedate ahí a ver qué pasa. Yo te cuento lo que veo.

-¿Vos decís que no llega a escucharla?

-Para mí que no, se ve que hay mucho viento, el pelo de Rocío flamea muchísimo y no está cerca. Uh, la grúa se mueve. Empezó a hacer el ruido que hacía cuando subió.

-La van a bajar –
asegura Fernando

-Si, creo que la van a bajar porque es peligroso. Ella sigue haciendo gestos y gritándole a Franco. Abre los brazos y después le vuelve a gritar. Ahí se mueve la plataforma. Si, la van a bajar.

-¿Y el teléfono? – pregunta el Negro, justo en el momento en el que Rocío estira el brazo hacia atrás, gira para tomar impulso y lo arroja hacia Franco, que también estira su brazo. El viento y la distancia se divorcian de la buena suerte, y el teléfono pega contra el frente del edificio y cae, paralelo a la fachada y a nuestras esperanzas.












martes 30 de septiembre de 2008

14. MORBO: FUENTE LABORAL

Que Franco no tuviera disponible el celular complicaba todo aún más. Nos dejaba menos margen para organizar algo. Así que a falta de tiempo y de plan, tuvimos que improvisar a la carrera.

Cuando sonó el celular de Rocío, con un llamado del gerente del canal, se me empezó a ocurrir una posible salida.

-Tengo que irme. Mi jefe quiere que le haga la nota ahora. Van a subirme con la grúa. ¿Saben lo que me dijo?

-Que lo hagas llorar, ya nos contaste.

-Si, pero además, que si veo que quiere saltar, que trate de demorarlo hasta la tardecita, por que es el horario de más audiencia.

-Qué pedazo de hijo de puta carnicero sin estómago…

-Bueno Negro, ya está, ya está… calmate
– serenó Adalberto.

-¿Sabés qué tan cerca de Franco vas a estar?- pregunté.

-Dicen que voy a llegar a unos seis o siete metros de él.

-¿No tenés vértigo? Yo ni en pedo me subo ahí
– dijo Fernando, que ayunaba de valentía.

-No, hice cosas peores para el canal. Una vez, en una toma de rehenes, quedamos en medio de un tiroteo…

-Estás loca
– aseguró el Negro.

-Franco ya habló con vos, ya sabe quién sos. ¿Podrás apagar el micrófono unos segundos y darle un mensaje?

-Si, seguro, pero ¿si no me escucha bien? Mirá que arriba hay más viento que acá. Incluso los del canal no están seguros que logre hablarle.

-¿Te animás a tirarle algo?
- se me ocurrió – siete metros hay de acá a la vidriera más o menos. Creo que llegás bien.

-¿Qué querés tirarle?

-Un celular. Así le explicamos lo que se me acaba de ocurrir.

-Primero contá tu idea…
– exigió Fernando, con sensatez, pero la arruinó diciendo:

-Mirá si ésta –señaló a Rocío- le pega con el teléfono en la cabeza, lo desmaya y se cae. Sería el colmo del suicida arrepentido... ¿o sería homicidio?

-Ves que sos un pelotudo –
confirmó la prima.

-Bueno, lo que se me ocurrió es una pavada – dije algo avergonzado – Acá va:

Y durante los siguientes minutos fui improvisando un plan, ante el silencio del resto, que me seguían con atención e incredulidad. Cuando terminé, el Negro dijo lo suyo:

-Hace agua por todos lados. Igual lo van a cagar a trompadas, y cuando baje lo internan o lo meten en cana. Además, no hay coima que pare a la policía –y miró a Fernando, que confirmó:

-No, no creo que esto se arregle con guita esta vez. Esto sirve para la campaña…

-Bueno, saquemos el tema de la coima a los canas
– la arreglé sobre la marcha - veamos a Ángel, el encargado, a ver si nos da una mano. Y si no quiere, lo adornamos a él. Un encargado de edificio jamás se niega a un billete.

-Tenemos que ganar un poco de tiempo. Hay que hacerlo así. ¿Alguna otra idea? –
me enojé – porque si no hay otra alternativa hagamos esa y que sea lo que Dios quiera.

-Me tengo que ir
– dijo Rocío al oír que su celular empezaba a sonar.

-Esperá, repasemos: Vos, llevate el celular mío y se lo tirás a Franco. Si te preguntan algo, deciles que es para tener la exclusiva. Negro ¿tenés plata?

-Si.

-Listo, tratá de verlo a Ángel lo antes posible.

-¿Quién es Ángel?-
preguntó Fernando.

-El encargado del edificio de Franco, nene, lo dijo él recién. Despertate querés.

-Prestame tu celular, Adalberto. Te llamamos todos al número de acá. Quedate cerca del teléfono. Anoten los que no lo tengan. Yo me voy a ver la vieja de enfrente, la del batón y los ruleros
–dije.

-Se llama Ramona –aportó Rocío.

-¿Podrás conseguir lo que te pedimos?- apunté el policía.

-Si, dalo por hecho, – respondió Fernando –te lo llevo para allá. Che, me parece que me merezco ese barril de cerveza que tenés ahí en la barra.

-Es para Franco. Se lo prometí hace un rato
–aclaró Adalberto.

-Dejá de manguear, no estás en la comisaría –le dijo la prima. Y se dirigió a mí:

-Yo ahora hablo con mi compañero Pablo para que consiga lo que tenemos en la camioneta.

-Ese te va a cobrar favor, eh.

-Cortala estúpido. Pablo, además de camarógrafo, es buena persona, no como vos.

Hubo cinco segundos de silencio total en la mesa. Terminamos de anotar los números de teléfonos que nos faltaban y nos pusimos de pie.
Los nervios nos decoraban las caras y la prisa nos pisaba los talones, así que con un poco convincente “suerte”, nos despedimos y fuimos saliendo del café de Adalberto.

Afuera había cada vez más gente. Esta vez no reparé en nadie. No me importaba ya el circo y sus participantes. Había que tratar de evitar consecuencias posteriores para Franco y ahí estábamos nosotros para intentarlo.

Fernando, con su uniforme, le abrió paso al Negro, logrando que entrara al edificio a ver a Ángel. Rocío y el camarógrafo se fueron hasta la camioneta del canal, estacionada al lado de la grúa.

Yo crucé entre la gente -a los empujones- hasta llegar al edificio de enfrente. Ramona estaba en la puerta junto a otras mujeres. Me quedé a un costado esperando a que vinieran Fernando y Pablo, mientras veía que Rocío se acomodaba en la plataforma de la grúa. Sentí súbita admiración por esa chica que me había parecido tan frívola por televisión y tan humana en el café.

-Ese que está ahí es amigo de Franco – escuché de pronto. Giré la cabeza y vi a Carla, la pelirroja, que me señalaba y repetía “ese es el amigo de Franco”. Se lo decía a una chica joven, que tenía un grabador en la mano. Quise escabullirme pero fue inútil. En tres segundos tenía frente a mi boca un pequeño micrófono conectado a un grabador con el logo de una radio FM. Me quedé mudo ante su brutal sinceridad.

-Necesito hablar con vos. Sé que sos amigo de Franco. Te ruego que me des una entrevista cortita al menos, unas palabras. Me sirve cualquier cosa. Hace horas que estoy acá y si no vuelvo con una nota a la radio me echan, por favor, decime algo, yo mantengo a mi mamá y mis hermanos– suplicó.

“¿El trabajo de cuántos depende de esto? morbo: fuente laboral” pensé para escribir algún día, mientras miraba como la grúa empezaba a elevarse.

Rocío, en el momento del ascenso, me llamó.

-Te veo subir – dije, esquivando el micrófono de la radio.

-Estoy muy nerviosa. Tengo malas noticias: Pablo no va a poder ir. Tiene que quedarse a trabajar acá. Igual te mando las cosas que me pediste con mi primo.

Y cortó.

domingo 28 de septiembre de 2008

13. ESTAMOS EN EL HORNO



Fernando, el primo policía de Rocío, daba vueltas al tema de sus “novedades” para luego no decir nada en concreto. Quería crear misterio o simplemente se hacía rogar. Finalmente solicitó un café con leche y tres medialunas dulces. Nos acomodamos todos en la mesa más cercana a la barra. Cuando Adalberto trajo el pedido, el Negro manifestó su impaciencia.

-Mirá Flaco: si querés decirnos lo que sabés, dale, bienvenido sea. Si no, tomate el café y andate. Me importa un carajo tu uniforme…

-Calmate Negro, el chico…
–hice hincapié en lo de “chico”, porque tendría siete u ocho años menos que nosotros y se lo veía bastante verde para ser policía -…nos quiere dar una mano.

-Dale nene, no te hagas el interesante ahora. Apurate que tengo que seguir trabajando. Pablo se fue a seguir tomando imágenes y yo tengo que seguir con las notas –
le instó la prima.

-Cómo te mira tu compañero Pablo, eh…

-Cortala tarado y hablá de una vez.

-Bueno, lo que yo sé es que lo van a bajar en un rato. Ahora están tratando de abrir una puerta que hay tres pisos más abajo y van a subir hasta el tanque con una escalera que se arma por tramos…
-sumergió una medialuna en la taza - …Están subiendo los pedazos por el ascensor. La idea es que logren abrir esa puerta sin hacer demasiado ruido, así no se aviva y se despoja al vacío...

-Arroja.

-Si, por eso.

-Para mí habría que hablar con la policía y decirles que Franco no se quiere tirar y que lo vayan a buscar sin hacer todo un despliegue. Capaz que los tipos lo tratan como a un secuestrador y lo muelen a golpes…
-dijo Adalberto, con preocupación.

-Es que ese es el tema… – intervino Fernando, mientras masticaba- … van a subir tres tipos y un camarógrafo. Suben y lo inquietan...

-¿Cómo que lo inquietan?
-pregunté.

-Quiere decir que lo van a inmovilizar – corrigió otra vez Rocío.

-Eso, lo dejan quieto…- siguió Fernando, mientras se limpiaba la boca – yo creo que le van a dar de lo lindo. Esos tipos no andan con vueltas…

-Por eso, hay que avisarle a la policía antes
-insistió Adalberto.

-Ya es tarde para eso. Acá hay muchos intereses. Para “la fuerza” es una oportunidad de hacer buena publicidad. Ya llegó la orden de arriba para que lo filmen todo, por eso va a ir el camarógrafo de la gobernación. Obvio que no van a poner en la publicidad la parte en donde lo recagan a trompadas, eso lo borran. Pero acá hay una buena forma de levantar un poco la imagen con un hecho de tanta... – el policía se trabó - …ante un hecho tan… por… es… bueno, eso, que sirve para levantar la imagen.

-Pero no es un delincuente. No hizo nada. Si cuando suben a buscarlo les explica lo que le pasó ya está.

-No Negro. Yo estoy acostumbrada a ver actuar al Grupo Geo y no les importa nada lo que se le diga en ese caso. Si suben, lo bajan como sea. No les importa si es bueno o malo, si tiene la razón o la culpa. Además, imaginate que no van a especular con la posibilidad de convencerlo estando a esa altura, tan cerca del borde. No lo van a escuchar.

-¿Y si mandan a un negociador?-
La pregunta del Negro nos hizo reír.

-Ves muchas películas.

-Tenemos que ver qué hacemos ahora. Hay que llamar a Franco, que quedó esperando.- dije.

-Vamos a tener que conseguir un abogado, aunque al Negro le joda – se resignó Adalberto.

-No, no, tenemos que pensar en otra cosa. Hagamos una tanda de ideas, no importa qué tan disparatadas sean.

Al principio las opciones rondaron la timidez: un megáfono que aclare la situación, notas explicativas arrojadas por Franco, nuestro pedido de disculpas en una nota que podría hacernos Rocío. Hasta que el disparate copó la conversación: helicópteros descendiendo en la terraza, paracaídas, yoga, etc.

De pronto algo me vino a la mente.

-¿Te acordás, Negro, de los “pequeños actos”?- Al morocho se le iluminó la cara.

-¿Qué?

Expliqué a Rocío y a su primo que con Franco y el Negro hicimos todo tipo de cosas que nosotros creíamos trascendentes aunque al resto le parecieran pavadas. Bautizamos a nuestras maniobras como “Pequeños actos para morir un poco menos”, en homenaje a mi querido Maestro Julio Alfonso, que una vez dijo en una entrevista : “Escribo para morir un poco menos, para fijar residencia en el recuerdo.” A partir de ahí quisimos hacer lo posible para morir un poco menos. Para que me entiendan la idea, les conté lo de La Casa del Puente, lo del Almanaque y lo de la Fuente de la Peatonal.

Haber hecho aquellas acciones nos otorgaba, ya que no el reconocimiento, al menos lo que nosotros llamamos “el título de campeones morales”. Era nuestra forma de resistirnos a la muerte o a la indiferencia. Era también la posibilidad de hacer las historias que le íbamos a contar a nuestros nietos.

-Qué estupidez – dijo Fernando – ¿qué tiene que ver con esto?- El Negro se puso de pie, enojado.

-Pará Negro, pensá como pensamos aquellas veces. Usemos esa forma para bajar a Franco y que no le pase nada después.

-Pero no tenemos tiempo ahora –
Objetó el Negro.

-Y… no, lo van a bajar en un rato nomás.

Tenían razón. No había tiempo para planear nada.

-Sigamos tirando ideas. Mientras, lo voy a llamar a Franco para avisarle lo del grupo Geo, para que no se resista ni diga nada.

-Estamos en el horno -
dije al escuchar:

"El teléfono celular al que intenta llamar se encuentra apagado o fuera del área de cobertura."

viernes 26 de septiembre de 2008

12. MALAS NOTICIAS


¿Y ahora qué hacemos?

-¿Qué decís? ¿estás loca? En cana tienen que ir todos los forros que están haciendo plata con esto, y al loquero hay que mandar a los que vinieron a participar del circo ahí afuera.

-No te enojes conmigo… ¿cómo te llamás?

-Decile Negro nomás
–dijo Adalberto.

-Bueno, Negro, yo solo estoy tratando de decirles qué es lo que pasa. Si puedo ayudar en algo me gustaría colaborar. Conozco a mucha gente. Tengo un amigo abogado…

-Claro, el cagador que faltaba…

-Pará un poco, Negro. La chica nos quiere dar una mano.

Teníamos que pensar en algo rápido para bajar a Franco sin que fuera preso ni a una clínica psiquiátrica. El baño no era el lugar más propicio para debatirlo, así que decidimos salir. Afuera esperaba el camarógrafo, compañero de Rocío, que pedía hablar con ella urgente. Se alejaron un poco de nosotros para que no escucháramos.

Cuando con Adalberto y el Negro llegamos hasta la barra encontramos a un tipo de traje azul, con una carpeta en la mano, esperándonos.

-¿Ustedes son los amigos de Franco? –arrancó como saludo.

-¿Por qué, sos abogado? - El Negro seguía áspero.

-No, yo trabajo para el departamento de trasplante de órganos y materiales anatómicos humanos. – Estiró la mano para saludarme. Le correspondí el gesto mientras leía la credencial que me mostraba.

-Una chica de nombre Carla me dijo recién que hablara con ustedes sobre esto.

-No la conozco
– dije.

-Dado que Franco no tiene familiares en el país y se encuentra en una situación límite, en la que no puede decidir por sí mismo, vengo a solicitarles que alguno de ustedes, o los dos, firmen el consentimiento para que en el caso de que… bueno… que esto termine mal, podamos proceder conforme a la ley nacional Nº 24.193 y concretar…

-Un minuto, por favor
– pedí y arranqué al Negro hasta la cocina, al ver que se le iba transformando la cara.

-¿Puede ser tan forro este tipo?

-Si y peor también. Asomate a la vereda y vas a ver. Pero tenemos que ver qué hacemos, así que no es momento para pegarle a nadie, Negro. Dejate de joder y pensá que todos creen, como nosotros hasta hace un rato, que Franco se va a tirar. Tranquilizate. No hables si te vas a mandar cualquiera. Calmate, que yo me encargo.


Volvimos a la barra y ahí seguía el tipo, ahora acompañado por un policía y una chica.

-No podemos firmar nada… - empecé a decir y el Negro me interrumpió. Otra vez se venía la furia morocha, pensé.

-Porque Franco es Testigo de Jehová, y su creencia le impide donar sus órganos.

Quedé mudo con la salida del Negro. Qué rápido estuvo, qué ocurrente. El tipo hizo un esfuerzo por sonreír, saludó y se fue. Iba a felicitar a mi amigo pero justo se adelantó el policía para hablarnos.

-Estoy buscando a mi prima Rocío. Es periodista… - no saludó siquiera.

-Está con el de la cámara en el ante baño, ahí atrás –señalé.

-¿Quién sigue?- preguntó el negro haciéndose el almacenero.

-Hola. Te robo un minutito – dijo la chica que esperaba. El Negro le apoyó los ojos en el escote.

-Dos…

-Me dijeron que acá iba a encontrar a algún familiar o amigo del chico del edificio, Franco.

-Soy yo, si… ¿qué precisás?

Aproveché que mi amigo estaba hipnotizado y le mandé un mensaje de texto a Franco, diciéndole que en un rato lo iba a llamar y que se alejara un poco del borde. Yo lo veía en el televisor. Estaba escribiendo algo en un cuaderno. Vi el momento exacto en el que le llegó mi mensaje y lo contestó. La respuesta llegó inmediatamente; decía: “Tengo ganas de fumar” y acompañaba el mensaje una foto.

Adalberto me señaló con la mirada al Negro. Sonreía mientras hablaba con la chica, que al apoyarse en la barra aumentaba el volumen de sus pechos adrede.

-Dejame tu número de celular y te llamo entonces…

-Mirá, la chica nos deja unos folletos. Trabaja en una funeraria y tuvo la amabilidad de venir hasta acá. Hacen fletes al cementerio.
–dijo el Negro queriendo ser gracioso. Me acerqué.

-Ah, qué bien… bueno, gracias ¿ustedes embalsaman? Porque nos gustaría conservarlo entero...- se ve que mi pregunta no le gustó. Saludó al Negro, me escupió un “Sos un desubicado” y salió apurada. Me reí junto con Adalberto.

La periodista, el camarógrafo y el policía vinieron desde el fondo hasta la barra a cortarnos el buen humor.

-Él es mi primo Fernando -dijo Rocío, señalando al de uniforme – le conté todo y se ofreció para ayudar, pero tiene malas noticias…

jueves 25 de septiembre de 2008

11. SUBO Y TE EMPUJO



Era cierto: Franco lloraba como un chico…

Se abrió la puerta del baño y entró la periodista (sin micrófono ni camarógrafo). Adalberto se interpuso para no dejarla avanzar pero fue inútil.

-El baño está ocupado, nena. Andá a hacerle notas a los boludos de afuera. – dijo el Negro, secándose unas lágrimas. Yo hasta ahí no había notado que el morocho lloraba también. Me puse nervioso con la presencia de la cronista en un momento tan íntimo y complicado.

-Necesito hablar con Franco. Es importante.

-Andate al carajo vos y tu canal de noticias. Adalberto, sos el dueño del lugar, che, decile que se vaya de una vez por todas.

Pedí con señas que todos hicieran silencio. Tuve que enfatizar con el Negro, indicándole que el teléfono no emitía ningún sonido.

-Franco… ¿me escuchás?

-Si, estoy escuchando todo.

-¿Estás bien?

-Desde que era chico que no lloraba así… me siento rarísimo. ¿Quién es la mina que está ahí hablando?

-Hola Franco,
soy Rocío…. –Nos madrugó a todos y se acercó al teléfono- …trabajo en el canal de noticias que está cubriendo tu caso en directo. Tenía que hablar con vos si o si.

-No, pará querida ¿me estás haciendo una nota ahora?

-No, no.

-No sé…
–cortó el Negro- …capaz que tiene una cámara oculta y nos está cagando.

-Revísenme si no me creen –
dijo al erguirse y levantar los brazos.

-Está bien, - dije, mirándolo fijo al Negro, que amagó a revisarla.

-Está bien… - Repitió Franco. -¿qué querés?

Interiormente yo creí que la idea de la periodista era conseguir una nota o el número de teléfono del celular de Franco, para tenerlo en exclusiva. Me equivoqué.

-En un rato van a subirme con un camarógrafo en la grúa lo más alto que puedan para hablar con vos. Quieren que te entreviste y trate de hacerte hablar. Nadie sabe qué te pasa ni por qué estás ahí. Abajo se están haciendo apuestas….

El tono de voz de Rocío iba cambiando a medida que hablaba.

-… recién hablé con mi jefe y me aseguró el trabajo, porque nos están por echar a todos, y me dijo que hiciera lo posible para entretenerte con la conversación, y tratara de lograr que llores…

-Hijo de puta
– dijimos a coro.

-¿Por qué me contás esto? –preguntó Franco, como leyéndonos la mente a los demás.

-Porque no quiero hacerlo pero muchas familias dependen de este trabajo… –La voz se iba apagando -… y no me queda otra. Cada nota que hago es un respiro de alivio para mis compañeros.

-A mi no me cierra esta novela, nena.
– interrumpió el Negro. Rocío se cubrió la cara con las palmas de las manos y empezó a llorar, sin estruendo ni dramatismo. Me acerqué para consolarla pero ella no me dejó.

-Estoy bien, estoy bien.- Adalberto salió del baño y Rocío continuó:

-Tengo que hacer la nota, pero quería antes decirte esto y también… - el llanto volvió a aparecer, esta vez con más fuerza - … que no saltes por favor. No importa qué te haya llevado hasta ahí, estás a tiempo de retroceder unas horas y pensar. No desperdicies tu vida terminándola así… sos joven y podés arreglar cualquier cosa que esté mal, cualquier cosa si no te matás… por favor… mi papá se mató cuando yo tenía 9 años…

No dijo nada más. El Negro, que un ratito antes iba a protestar por algo enmudeció. Nadie volvió a hablar hasta que entró Adalberto con un vaso con agua y se lo ofreció a Rocío.

-Tomá nena, quedate tranquila.

-No me voy a matar…
– escuchamos de pronto. Era la voz de Franco.–…ni en pedo me voy a matar. – mezclaba las palabras con una risa nerviosa. -Ni loco me mato. Tuve ganas, si, pero la puta madre… qué me voy a matar… no sé como carajo voy a bajar de acá, no me animo a pasar por donde subí, me da cagazo caerme. –Y reía con fuerza.

Por primera vez desde que esto empezó sentimos alivio y festejamos. Rocío secaba sus ojos y sonreía. El Negro se abrazaba con Adalberto y conmigo. De a uno fuimos hablándole a Franco:

El Negro:

-Ya subo y te empujo, pelotudo.

Adalberto:

-Como tira un barril de cerveza…

Yo:

-Tenés que bajar cuanto antes así nos emborrachamos.

Rocío (que fue quién cortó el clima festivo):

-No es tan simple la cosa. No va a ser: bajar y festejar… -La interrumpí haciendo el gesto de la enfermera pidiendo silencio en los hospitales.

-Che…- protestó Franco, que no había escuchado lo último - me queda poca batería en el teléfono y además me avisa que se me está terminando el saldo. Van a tener que llamarme ustedes.

-Cortá entonces. Nos organizamos acá y te llamo.

-Quedate ahí, eh –
le dije, y corté apurado.

-¿Qué decís, nena, sos loca? – increpó el Negro - ¿cómo que no va a ser fácil la cosa? Franco no le hizo nada a nadie. Cuando quiera bajar baja y punto. El resto que se vaya a la mierda.

Yo pensaba igual. Pero nos equivocábamos. Rocío nos explicó que se enteró por su primo Fernando, que es policía, que había habido muchas denuncias de los vecinos por distintas cosas: alteración del orden público, incitación a la violencia, uso de espacios comunes y una larga e insólita lista de cosas que incluían multas municipales por ocupar zonas de estacionamiento medido y por defecación en la vía pública.

Protestamos argumentando que eso no era culpa de Franco, sino de los demás. Pero Rocío nos dijo que las denuncias eran en parte originadas por la situación de Franco.

-Bueno, entonces se puede decir que no está bien de la cabeza y listo.

Ese era otro de los puntos negativos de la situación. Si Franco no estaba “bien de la cabeza” entonces iba a ser llevado a una clínica psiquiátrica, en donde quedaría a disposición de la justicia, que en este caso actuaba de oficio.

-¿Vos decís – preguntó Adalberto a Rocío- que si no va preso va a un loquero?

-Si.


-¿Y ahora qué hacemos?


martes 23 de septiembre de 2008

10. ¿DE QUÉ SE RÍEN?


¿Por qué tardaste tanto en contestar? – fue lo primero que dijo Franco...

-Porque acá todo es un quilombo –respondí de inmediato. Y me arrepentí de haberlo dicho. La fragilidad de Franco era lo que teníamos que contemplar por sobre todo. Coloqué el teléfono sobre la mesada del baño, así hablábamos los tres. Le hice señas al Negro para que se calmara porque lo veía muy nervioso. Levantó el pulgar en señal de haber entendido y acercándose al celular, carraspeó y dijo:

-¿Franco, vos sos loco o sos boludo? ¿qué mierda tenés en la cabeza, pelotudo?

-No, Negro, pará.

-Dejalo, tiene razón. Soy un boludo.

-No, no le des bola, está enojado con una mina que no le dio pelota… si se llega a enterar la Flaca lo mata…-
No sabía como arreglarla -¿cómo estás? ¿me podés decir qué te pasa? ¿qué hacés ahí? tengo ganas de hablar tranquilo…

Hubo silencio en el teléfono. Pero llegaban voces desde el café. Adalberto discutía con la periodista mientras la pelirroja gritaba que la llamada era de Franco y que la dejáramos hablar con él.

-No sé, hace un tiempo que no me estoy sintiendo bien… ¿che, de quién es la voz que chilla de fondo?

-Es Carla, la colorada.

-¿Quién?

-Tu novia de la playa, la pelirroja.

-¿Y qué hace la loca ahí?

-Vino a salvarte. Dijo que te querés matar por ella y que te perdona.
– antes de terminar la frase el Negro soltó una carcajada.

- ¿En serio dijo eso? qué mina estúpida

-Decías que hace tiempo que no estás bien… -
no quería que Franco dejara de hablar o que cambiara de tema - … ¿con qué no estás bien?

-Estoy como el orto conmigo… ¿no se nota?

-No Franco, al contrario, siempre se te ve bien. No sabíamos que estabas mal… pero se puede arreglar, seguro, lo que sea se puede arreglar… ¿qué pasó? ¿qué cosa hizo que subas ahí y…?
–me detuve antes decir “y te quieras matar”. No son palabras para mencionar en un momento así. El Negro no siempre entiende de sutilezas.

-¿Por qué te querés matar? ¿estás en pedo?

-No puedo creer la cantidad de gente que hay abajo. Se ven chiquitos. Cada tanto veo que se cagan a trompadas.

-¿No viste a los emos? No llegué a pegarle a ninguno. Vinieron a pedirte que saltaras. Son una manga de pelotudos.

Le tiré con el rollo de papel higiénico por la cabeza para que se callara. Ahí entendió que estaba hablando de más. Juntó el dedo índice con el pulgar y se los pasó por la boca, de lado a lado.

-Me traje una mochila con varias cosas y me olvidé los cigarrillos. Tengo unas ganas de fumar tremendas…

-Franco ¿cómo subiste hasta ahí?

Durante los siguientes minutos lo escuchamos contar lo que él llamó un día de mierda. Franco hablaba pausado, sin énfasis, haciendo hincapié en detalles que yo trataba de desmenuzar para encontrar la forma de revertirle el ánimo. Cuando terminó el relato amenacé al Negro apuntándole con el palo del secador de piso. Eso no lo amedrentó:

-Mis últimas tres semanas fueron peores que eso, y acá estoy, a nivel del mar. Mirá, ayer a la mañana fui con mi hermano, que necesitaba un ayudante porque el pibe que trabaja con él se pegó el faltazo, a destapar un baño. Terminé salpicado de mierda hasta las orejas… si hubieras sido vos ¿qué hacías? ¿metías la cabeza dentro del inodoro hasta ahogarte? Dejate de joder, che, y bajá de una puta vez de ahí.

Me tomé con las dos manos la cabeza ante las palabras del Negro. Yo tratando de medir las palabras, de lograr un tono de conversación agradable para que nada empeore más la situación y el energúmeno morocho se despacha con la anécdota del inodoro empastado para comparar desgracias. Me enderecé en el baño decidido a meterle una sopapa en el culo al Negro (estaba ahí, al lado del inodoro y me tentó para hacer justicia), cuando desde el celular oímos la risa de Franco. Si, eso eran carcajadas de Franco. Se reía por primera vez en la conversación. Finalmente reíamos los tres. Del celular salían frenéticas, contagiosas risotadas que, cuando disminuían entre jadeos, volvían a subir en intensidad, arengadas por las carcajadas del Negro y sus clásicas arremetidas de risa demencial, tan oportunas hoy como nunca antes.

-¿De qué se ríen? – preguntó Adalberto, asomándose por la puerta.

-De un chiste del Negro –dije, todavía blandiendo la sopapa - escuchá como se ríe Franco – y le acerqué el teléfono. El semblante de Adalberto cambió completamente, como el nuestro. Si Franco se reía era una buena noticia para todos.

-Franquito, loco, bajá de ahí. Si bajás ahora te regalo el barril de cerveza que siempre me pedís, el que está sobre la barra. – Y después de sobornarlo, nos contó que la pelirroja acababa de irse a las puteadas pero la periodista estaba ahí esperándonos y no se iba a retirar hasta que habláramos con ella.

Adalberto acercó más el oído al teléfono. Frunció el ceño y nos dijo en voz baja:

-Eso no es risa… está llorando.

Era cierto: Franco lloraba como un chico…

domingo 21 de septiembre de 2008

9. A BRILLAR, MI AMOR


Le dije al Negro que teníamos que irnos al café. “Nos va a llamar Franco” prometí, con más esperanza que certeza. Recién ahí mi amigo desistió de golpear a alguien y me enfiló hacia lo de Adalberto. Hay que decir que sus modales para abrirse paso entre la caterva no fueron de los más elegante, pero sí efectivos; llegamos bastante rápido. La multitud ya ocupaba completamente la vereda del café.

-Los vi en la televisión… – dijo Adalberto, mientras nos daba nuestros celulares, mi cuaderno y la lapicera plateada que llevo conmigo hace años -¿le pegaron a alguno de esos boludos?

El Negro negó con la cabeza. No había en los teléfonos ninguna llamada de Franco registrada.

De pronto, como si las hubieran metido a patadas, entraron tres chicas al local, acomodándose la ropa levemente corrida (la pelirroja -vestida como para la elección de la reina del mar- se peinó mirando su reflejo en el vidrio). Eligieron una mesa al lado de la nuestra y le pidieron a Adalberto dos lágrimas y un agua mineral sin gas.

Afuera, el descontrol de gente me recordó la salida del estadio mundialista después de un partido de Alvarado. Adentro, noté algo extraño en la situación, algo que no encajó en mi recorrido visual. Y no me refiero a Franco, que seguía en la pantalla: se lo veía quieto, mirando su teléfono celular. Tampoco a Adalberto, que preparaba en la barra el triple pedido reciente. Ni en las mujeres de la mesa de al lado, que hablaban con voz bastante alta, sin dejar de mirar el televisor.

Volví a recorrer el local con la vista, acompañando con los hombros y la cabeza el giro hasta terminar en el Negro. Eso era lo que no me cerraba: el Negro estaba de espaldas al trío de vecinas, mirándome fijo. Exactamente lo contrario a lo que hace cuando hay mujeres cerca. Pero ahora me apuntaba con los ojos y movía las cejas con exageración. Iba a preguntarle qué le pasaba cuando oímos:

-Me dijo que la esperara acá, así que no pienso ir a buscarla. Está lleno de babosos alzados- le habló enojada la pelirroja a la morocha más petiza. Le faltó separar en sílabas las últimas cinco palabras y hubiera sido un reto como los de mi mamá cuando era chico.

- Y vos te vestís así, también… - fusiló la otra morocha, hasta ahí la más callada.

Aprovechando que Adalberto se acercó con el pedido en la bandeja, el Negro tomó mi la lapicera y el cuaderno y anotó “¿Viste quién es esta mina?”

-¿Cuál? -pregunté en voz baja, porque realmente no conocía a ninguna de las tres. La letra del Negro es como la de un médico, por eso tardé en entender que era “Carlita, la colorada que salió con Franco, la de la playa” y subrayado se leía “¡la loca!”.

Ahí recordé quién era, pese a no haberla visto nunca antes. Carla salió con Franco una quincena durante el último verano. Se conocieron en el balneario de Punta Mogotes, en donde ella pasaba los días con la familia y él hacía el servicio de carpas sirviendo comidas, postres y tragos. El romance había arrancado bastante bien, con encuentros furtivos en los vestuarios y entre las carpas vacías. El Negro la conoció la vez que fue a aburrirse a la playa, una tarde nublada y Franco le pidió que lo cubriera un rato. Por eso ahora le daba la espalda.

Aquel noviazgo terminó, según el Negro, porque luego de “la primera revolcada medianamente importante” la chica presentó a Franco como su novio, futuro marido y padre de sus hijos, en el momento en que mi amigo le servía al padre de ella el tercer whisky con hielo. Esa fue la última vez que Franco la vio.

Todos giramos la cabeza hacia el frente al oír golpes en la vidriera. Hubo empujones acompañados de insultos, escupidas y una trompada de antología que recibió un petizo con la camiseta de San Lorenzo. Finalmente ingresaron al café dos camarógrafos y Rocío, la periodista del canal de cable que acababa de hacer la nota de los emos y floggers.

-Ahí llegó… hola, yo soy Carla – dijo la pelirroja, levantando la mano.

Las cámaras enfocaron hacia las tres chicas, mientras nosotros nos corríamos hacia la barra.

-Seguimos en directo desde Mar del Plata y ahora vamos a hablar en exclusiva con la novia de Franco, que gentilmente nos está esperando acá. Reiteramos: único medio que pudo acceder al testimonio de Carla.

-La culpa es mía…
– arrancó la colorada, sin ponerse homónima- …Yo fui la novia de Franco hasta el verano pasado. Sé que se quiere matar por mí. Me siento muy culpable. Lo veo tan mal… creo que estoy dispuesta a darle otra oportunidad…

-¿Qué decís, estúpida? es al revés la historia…
– gritó el Negro - …él te colgó la galleta porque sos in-so-por-ta-ble. Andá nena, mové, acá no soples que no hay velitas.

Las cámaras nos enfocaron. Adalberto, el Negro y yo estábamos de pie, detrás de la barra. Carla le dijo a la periodista que el Negro era amigo de Franco. Rocío se acercó hasta nosotros. En ese momento en mi celular empezó a reproducir con el volumen al máximo la canción “La bestia pop”.

Con el Negro nos miramos inmediatamente: era el tema de Franco. Salimos corriendo hacia el baño y Adalberto cerró el paso a los demás.

Las manos me transpiraban cuando atendí y puse el altavoz:

-¿Por qué tardaste tanto en contestar? – fue lo primero que dijo Franco...

viernes 19 de septiembre de 2008

8. UNA BOMBA DE TIEMPO






¿Y estos pelotudos? –preguntó el Negro, encarando hacia la puerta de salida del café- …los voy a cagar a trompadas ya.

Lo seguí. Antes de salir le pedía a la carrera a Adalberto que nos guardara lo que teníamos sobre la mesa.

Era increíble ver cómo había cambiado el paisaje afuera en tan poco tiempo. En los balcones ahora los vecinos estaban con reposeras y sillas. La gente en la peatonal se había multiplicado. Me costó seguirle el paso al Negro, que corría hacia donde estaba la mayor concentración de personas. Mientras forcejeaba para poder pasar, un cigarrillo encendido pegó en mi hombro y una escupida monumental cayó sobre la frente de un policía. Levanté la cabeza y vi a dos obreros –pintores - que tomaban mate en un andamio colgado en el edificio lindante con el de Franco. Reían.




Algunas palomas merodeaban el tanque de agua. Desde la acera trepaban los gritos y un rumor permanente que, mezclado con el ruido del mar, componían una confusa banda de sonido.

Franco notó que el volumen de las voces aumentaba cuando él se movía. En realidad, cualquier ademán suyo era acompañado por la más variada gama de exclamaciones, que a veces le llegaban con nitidez.

Siempre bromeó con sus amigos, jactándose por tener mucho “carisma convocante”. Ahora, al recordar eso, no le causaba gracia alguna ser el centro de la atención de tanta gente. Pensó en las últimas horas y en cómo la situación se le había escapado de las manos. Era la primera vez en casi 29 años que sentía ganas de dejar de ser, de terminar su existencia. En ninguna otra circunstancia de su vida había querido salirse. Siempre sobrellevó los peores momentos con envidiable aplomo. Nunca nadie lo vio llorar.

Venían ahora a su memoria las palabras de su última novia, segundos antes del portazo: “o no tenés sangre o sos una bomba de tiempo”…




Al acercarnos al tumulto mayor, una madeja de cables y cuerpos, escuchamos los gritos dolorosos de los chicos, mientras los policías los rodeaban para protegerlos de otro grupo–al que con el Negro nos quisimos sumar inmediatamente- que luchaba para llegar a golpearlos hasta que callaran.

En medio de la revuelta, la periodista entrevistaba a quién hacía de vocero de aquella minoría chillona. Desde el costado, para la avenida Luro, llegaba el sonido de música y aplausos. Otro amontonamiento de chicos entonaba canciones de burla como en un estadio de fútbol. Aplaudían y tomaban fotos con teléfonos y cámaras. Ahora con el Negro no sabíamos a cuál de los dos grupos pegarle primero.

-Nosotros sentimos que Franco es nuestro referente ¿viste? nos enteramos por una cadena de mails lo que pasaba y vinimos a apoyarlo en su decisión… Franco es emo a full –decía uno de los pibes al micrófono, con la mitad de la cara tapada con un flequillo en diagonal.

-¿Y qué es ser emo? – la periodista sabía la respuesta, así como también que AHÍ estaba la nota.




Franco ahora recordó no haber llorado durante la enfermedad de su tía, ni cuando murió. En el velorio y el entierro estuvo serio, dolido; sus amigos le decían que parecía anestesiado. “No lloro porque estoy seco por dentro, fue lo que les respondió. Y repitió la frase de ahí en más en todas las situaciones en las que se le preguntó al respecto.

¿Qué sabían ellos? ¿qué sabían todos? Nada. Nadie tenía idea de lo que sentía él. Nadie. Todos le halagaban el buen humor, lo ponían de ejemplo cuando la conversación merodeaba el tema de cómo tomarse la vida, cuando había que recomendar actitudes frente a los altibajos, ahí aparecía su nombre, a la cabeza de los optimistas, el refutador de malasangres… ¿qué mierda sabían todos? No sabían nada. No estaban en sus zapatos para sentir el hueco que lo ocupaba, para paladear la sensación de tragar saliva seca, para pasar noches completas tratando de cerrar la grieta que lo cruzaba de lado a lado, esa rajadura en el alma por no encontrar sentido a las cosas de su vida -no tan lejos de los 30 años- por no hallar sentido en la vida de otros, sin saber qué hacer…




-Nos guiamos por los sentimientos y las emociones ¿viste? La sociedad te aparta, no te entiende, no te contiene… y eso te hace sufrir…

-Dejá que te agarre yo y vas a tener algo en serio para sufrir, pelotudo –
dijo el Negro, forcejeando con dos policías que le impedían el paso.

Una de las chicas que estaban con el grupo de los que cantaban burlándose de los emos, se acercó hasta la periodista, que le preguntó porqué estaban ahí.

-Nosotros somos Floggers. Tenemos estética a pleno. No nos bajoneamos como los emos, que son todos pálidos y ni siquiera se ponen de acuerdo porque…

Lo irritante de escucharla hablar era superado solamente por la forma en que mascaba un chicle rosa mientras enumeraba:

-…hay emos freaks, skater-punks, fashioncore, emo-posers… en definitiva… no existen…go home.

-Vamos –
le dije al Negro, tirándolo del brazo.

-Esto es un circo. No tenemos que estar acá.

-Dejame que le pegue a alguno aunque sea,
–me pidió, serio- si no me descargo creo voy a explotar…




Arriba, Franco repitió en voz baja “o no tenés sangre o sos una bomba de tiempo”.



martes 16 de septiembre de 2008

7. DE SABIONDOS Y SUICIDAS


Afuera, ajenos, los chicos corrían gritando detrás de una pelota de cuero, a la que habían rellenado con trapos y bollos de papel, antes de coserla con hilo amarillo. Cuatro piedras oficiaban de arcos, en una cancha asimétrica que contenía dos árboles, un canasto para la basura, tres canteros, baches, perros y un auto abandonado.

Adentro, el volumen del televisor intentaba acallar al de una radio que, desde alguna casilla vecina, aullaba una cumbia imposible. Del piso brotaba vapor grasoso.

-Mirá gorda, ahí están hablando del chabón este de la terraza del edificio – dijo Ricardo, mientras se pasaba la mano por la boca, a falta de servilleta y delicadeza.

El programa televisivo, que estaba dedicado a Franco, mostraba imágenes en directo. Los panelistas invitados (cuatro en total), a su turno iban exponiendo sus conocimientos, todos aparentemente relacionados con el caso.

-¿Y ya lo bajaron o no?- preguntó la mujer, que estaba lavando ropa en la pileta del baño.

- Qué sé yo… no sé… pará que ahí está hablando un tipo...

Un hombre, peinado hacia al costado con fijador (buscando tapar una avanzada calvicie), explicaba el gráfico que aparecía al costado de la pantalla:

- El joven pesa aproximadamente 80 kilos (en realidad Franco no llega a pesar 70), y se encuentra a una altura de 28 metros, ¿verdad?... –intentó corroborar con los demás invitados, que asintieron con un movimiento de cabeza (tampoco era correcta la altura, pero evidentemente ya había hecho sus propias estimaciones). Continuó, mientras hacía una cuenta en una pizarra blanca:

- ... por lo tanto tiene una energía potencial de 2240 kilográmetros, o 21952 joules, estimados en sistemas Técnico o en Simela respectivamente.

- ¿Qué dice? no escucho un carajo desde acá–
se quejó la mujer, entre fregada y fregada.

- Shhh, callate querés. Cuando termine te digo- protestó Ricardo, mientras con una mano intentaba disolver la asamblea de moscas que se había congregado espontáneamente sobre su plato.

- Ahora bien. El tiempo de caída libre –la palabra caída coincidió con un primer plano de Franco – sería de 2,4 segundos. –Hubo un murmullo en el estudio.

- En el momento de la caída libre, la aceleración es de la gravedad...

- A nivel del mar –acotó el ingeniero invitado, que vestía camisa amarilla y pantalón gris.

- Correcto. Entonces, si usamos la fórmula “gravedad es igual a 9,8 metros sobre segundos al cuadrado”, sabremos que la velocidad final adquirida, es decir, justo antes de tocar el suelo – otro murmullo- , es de 84,34 Kilómetros por hora, con una fuerza de caída de 799,97 kilogramos-fuerza.

Los chicos, en la calle, gritaron un gol. El panelista terminó su informe y el conductor anunció una pausa en el programa, que dio lugar a los avisos comerciales. Desde todas partes martillaba la cumbia, con un imperdonable estribillo. Ricardo se sirvió vino y permaneció pensando, serio, sin hablar.

-¿Y, qué dijo el tipo de la tele? – insistió la voz desde el baño.

- Lo mismo que digo yo: que si el pibe se tira se hace mierda.


domingo 14 de septiembre de 2008

6. TIRATE POR FAVOR


La cobertura en directo a nivel nacional estaba en marcha. Todos los canales trasmitían lo de Franco. Con el Negro dejamos de ver el mensaje en el celular, que tratábamos de desmenuzar una y otra vez, para mirar el móvil en directo. La periodista de nombre Rocío (joven y hermosa) con una hoja de papel en la mano, decía:

-“Seguimos en directo para todo el país desde la ciudad de Mar del Plata. Para que la gente se ubique, estamos en la Peatonal San Martín, a dos cuadras de la costanera…”

-La costa, piba, acá es la costa. En Buenos Aires se dice costanera… – se quejó Adalberto de pronto - …estos no saben un carajo.

“…y por lo que pudimos averiguar hasta ahora, quien está ahí arriba es un joven de 28 años llamado Franco. No sabemos el apellido. Se lo puede ver sentado en el borde del edificio, con los pies en el aire. Tiene manchas de sangre en la remera y el rostro, no sabemos la gravedad de las heridas pero suponemos que se las hizo él…”

Las imágenes y el relato en tono de tragedia eran acompañados por música de suspenso.

“… Se puede ver que el joven está con un teléfono celular en la mano. Estamos tratando de conseguir el número para poder comunicarnos, para tratar de persuadirlo. Aparentemente este muchacho viviría en ese edificio, por lo que la policía está indagando a los vecinos y tratando de acceder a la terraza. Vamos a acercándonos a la entrada del edificio…

El camarógrafo trastabilló un poco antes de llegar a donde estaban un grupo de policías hablando con alguien.

“… Vemos a los oficiales hablando con un señor, parece que es personal del edificio… señor… señor un segundito por favor… estamos en directo ¿usted trabaja acá? ¿conoce a Franco?”
-Trabajo acá yo, si querida. Soy el encargado…


-¡Miralo a Ángel!
– dijo el Negro, y se puso de pie para acercarse al televisor.

-¿Sabe qué pasó, porqué se quiere quitar la vida? ¿No hay forma de llegar hasta ahí para bajarlo? ¿usted tiene el número de teléfono del joven?

- No sé nada, qué se yo… es un chico normal, educado, vive acá desde hace cuatro años más o menos, muy macanudo, muy respetuoso, vive en el departamento que le dejó la tía, una mujer bárbara, pobre, las pasó todas con esa enfermedad, la familia de él creo está en el extranjero, si viera lo que la cuidó este chico a la tía, siempre vino a verla, hasta el final, era el que más bolilla le daba, le miento si le digo algo malo…

- ¿Y esa enfermedad de la tía puede haberlo afectado a él? ¿se lo veía raro últimamente?

- No, el pibe está fenómeno, yo lo vi ayer y andaba como siempre, es un chico alegre, muy jodón como quien dice.

- Vemos que está ingresando personal policial ¿van a intentar bajarlo?

- No van a poder, yo recién vengo de ahí… lo que pasa es que está subido a lo que era el tanque de agua anterior, que no se usa más hace rato. Se conoce que subió por el lavadero pero hay que estar loco para ir por ahí. Acá se hizo otro tanque más abajo porque la municipalidad los obligó porque se iba a venir abajo ¿entiende? así que se cerró el paso ahí, se anularon las cañerías y se cambió al patio que está tres pisos más abajo, con la antena nueva, en la otra terracita que se ve allá. Para cerrar las puertas del lado de afuera hubo que levantar pared de concreto y ahí si cerrar la puerta y soldarla porque sino no lo habilitaban…
-Ángel tomo aire y concluyó: - …no van a poder subir

- Y menos esos dos gordos… – comentó Adalberto, aludiendo a la dupla de policías que aparecían en la imagen, ciertamente obesos.- …primero que le aflojen a la pizza de por vida.

-No van a poder… -retomó el encargado, entusiasmado con la cámara- …pero póngale que pasen, que tiren abajo las paredes y corten los metales, yo quiero saber cómo van a subir desde ahí hasta el tanque, si tienen como tres pisos para arriba. Antes ahí había una escalera de hierro amurada pero también se sacó y ahora no hay nada. Dígame cómo van a subir una escalera de como diez metros hasta ahí, eh…

-¿Y entonces cómo subió? –
pregunté en voz alta. La periodista preguntó lo mismo. Ángel respondió: “seguro que trepó por el lado de afuera, una cosa de locos, querida. Hay que estar mal del marote para hacer eso.”

En ese momento la cámara giró y, mientras la cronista agradeció al encargado por su “testimonio exclusivo”, en la pantalla podía verse como la imagen ahora se acercaba a la vereda de enfrente, en donde un grupo de ocho o diez chicos (y chicas) gritaban a Franco:

-Tirate, tirate por favor… saltá ahora…

-¿Y estos pelotudos? –preguntó el Negro, encarando hacia la puerta de salida del café- …los voy a cagar a trompadas ya.

sábado 13 de septiembre de 2008

5. AHORA TE LLAMO


Desperté a punto de ahogarme con el agua que me tiraba el Negro en la cara. Me dolía la nuca. Entre el Negro y Adalberto -amigo nuestro y dueño del café- me sentaron, dándome agua, esta vez para que la tome.

-Qué maricón resultaste…- dijo el Negro, tomando un sorbo de gaseosa, que vomitó ahí mismo.

-Pero si Franquito es un pibe bárbaro, che, qué mierda le pasa… - indagó Adalberto al rato, mientras limpiaba el vómito con un trapo sin hacer una sola mueca de asco (este tipo es un amigo, pensé al mirarlo).

-No sabemos nada. Se le salió la cadena... – arriesgó el Negro, que no ocultaba sus lágrimas- …me quiero morir.

-Y a vos se te salió el estómago, querido – bromeó para darle algo de ánimo y dijo, con gesto más serio: …sigan probando con el teléfono de Franquito. Van a ver que ya los va a atender.

Efectivamente, seguimos llamando al celular de Franco pero no atendía. Dos veces dio ocupado y nos desesperamos en cortar, creyendo que él se quería comunicar en ese momento. Pero no. Sólo sonaban los celulares con requerimientos de nuestros familiares y amigos para saber qué pasaba. Y no teníamos respuestas.

Todo estaba sucediendo tan rápido que no lográbamos procesarlo con tranquilidad. ¿Qué hacer?

El Negro me preguntó si me sentía bien. Me sentí mal, pero asentí. Entonces arrancó un breve repaso en voz alta de la vida de Franco, tratando de encontrar una grieta que nos explique cómo llegó a esa decisión. Yo iba aportando detalles que al Negro se le escapaban, cosas sin importancia pero graciosas. Reíamos cada tanto con más nervios que ganas. Llegamos con el resumen de la biografía hasta dos días antes, cuando jugamos juntos al fútbol. Terminamos ganando con un golazo de Franco, que se fue de la cancha con su buen humor habitual.

-Si hasta cuando me llamó hace un rato para decirme que se le ocurrió matarse tenía la voz y el tono de siempre- dije yo, desconcertado.

En la vereda la gente se amontonaba alrededor de los noteros de los canales de noticias que trasmitían en directo. Podíamos verlos en simultáneo a través del vidrio y por la televisión que estaba encendida dentro del café. Muchos estúpidos se asomaban por detrás de los cronistas y saludaban.

Al paisaje se le agregó un helicóptero que sobrevolaba la zona a baja altura, sumándole ruido de fondo al descontrol general. También vimos por televisión –atónitos- que desde una ventana del edificio de Franco, a la altura del sexto o séptimo piso, se desplegaba una bandera con la publicidad de una inmobiliaria, anunciando ofertas para la próxima temporada y grandes descuentos con la sola mención del slogan que aparecía escrito debajo.

-Mirá qué hijos de puta…

Adalberto, indignado, fue hasta el televisor y empezó a cambiar de canal reiteradas veces. En la mayoría de las emisoras estaban tratando el tema del “Suicida de Mar del Plata”. En una de ellas, vimos que Franco hablaba por su celular ¿sonriendo? El zoom del camarógrafo permitía ver una leve sonrisa y un corte en la cara, además de la remera con grandes manchas de sangre. ¿Con quién hablaba? Miramos nuestros teléfonos sobre la mesa, chequeando una y mil veces que tuvieran señal y batería. Pedimos a los que nos llamaban para preguntar que se abstuvieran por un par de horas. En los momentos en los que no hablábamos, yo rezaba y creo que el Negro también.

-Negro, algo tenemos que hacer –dije-, porque la policía…

Me silenció un bocinazo parecido al de un tren, que hizo temblar los vidrios del local. Las cámaras y las cabezas enfocaron a un camión con grúa gigante que venía avanzando entre la muchedumbre por la calle Corrientes. Supuse que pertenecía a los bomberos, ya que las escaleras que habían traído no llegaban ni por asomo a la mitad de la altura en la que estaba Franco. Me equivoqué. La grúa fue alquilada por el canal de noticias más sensacionalista (el de mayor audiencia), tal como lo señalaban los afiches pegados en las puertas del camión. Esto era un espectáculo en vivo que nadie se iba a perder.

-No podemos quedarnos acá sin mover un dedo…

No terminé la frase porque enmudecí al escuchar la música de aviso de mensajes de mi celular.

Leí “Mensaje Multimedia de Franco”.

Se lo mostré al Negro y quedó blanco. Lo abrí rápido, desesperado. Decía: “Mirá como se ve desde acá. Ahora te llamo. No me llames”.

Y había una foto tomada con su celular.

miércoles 10 de septiembre de 2008

4. NO PUEDE SER



A Ramona se la llevaron recién entre varios. Tuvo un ataque de nervios que, por supuesto, fue filmado segundo a segundo, hasta en las partes en las que se le abría escandalosamente el batón. La escena estuvo rodeada de gente levantando teléfonos celulares para sacarle fotos. Seguro que después las suben a Internet, mientras Franco sigue allá arriba y nadie lo baja.

Se nota que los policías y los bomberos no se ponen de acuerdo en cómo deben proceder. Hacen gestos, discuten y cada tanto miran hacia arriba. Di la vuelta para rodear la multitud y llegué hasta uno de los policías que parece estar a cargo. No me permitieron hablarle. Me sacaron nuevamente, pero esta vez ligué algunos golpes más, supongo que inspirados en mis insultos y protestas. Me duele la boca; sangra. El Negro tarda en llegar como si viniera gateando y yo que no sé qué hacer.

No logro asimilar lo que le sucede a Franco, qué le pasó para tomar una decisión así. No lo entiendo y cada vez que quiero tratar de razonar con calma algo altera el orden de mis pensamientos.

Me apoyo en el caño del semáforo para calmarme y veo pasar a mi lado a un grupo de chicos jóvenes con una imagen de la Virgen. Van rezando el Rosario y se acomodan –sin interrumpir las plegarias – junto al kiosco de diarios. Llevan rosarios y una imagen de la Rosa Mística.

¿Esto está pasando en serio? Pienso en los familiares de Franco que viven en España y también me dan ganas de rezar, pero ahora me desconcentra el paso de una insólita caravana por la peatonal que va esquivando canteros, personas, bancos y tachos de basura. Pasa una camioneta de los bomberos, una ambulancia, un auto con el logo en la puerta de defensa civil, pibes en bicicleta, policías en moto y cerrando el desfile… un carro pochoclero.

No entiendo cómo en tan poco tiempo todo el lugar está tomado. Hay grupos de estudiantes, mezclados con los comerciantes de la cuadra. Los encargados de los edificios están en una esquina, todos juntos. Por detrás de ellos aparecen más policías. Los policías hablan entre sí y ríen. Los miro y me duele la boca de nuevo.

De pronto pasan corriendo a dos chicos muy jóvenes, perseguidos por un hombre mayor con una bolsa en la mano, que grita que le robaron la billetera. Los policías no hacen nada y vuelven a reír entre ellos. Un camarógrafo que viene hacia el hormiguero humano sigue la corrida de los ladrones y el veterano desvalijado. La chica que viene con él casi al trote, hablándole al micrófono, lo codea para señalarle la punta del edificio. Entonces la cámara apunta hacia Franco.

Algunos gritos desvían la atención general hacia la esquina de la heladería. Ahí se ven movimientos y forcejeos. Hay empujones y trompadas entre los enviados de los medios de prensa, que buscan una mejor posición a fuerza de golpes. Estos tipos se creen con más derechos que los demás y eso, sumado a la prepotencia con la actúan, armó la gresca, similar a la de los estadios de fútbol. Ahora sí los policías intervienen para separar con escudos y salir en la tele. Iría a meterme para ver si logro pegarle a uno, pero prefiero ir para otro lado. No me siento bien.

Camino hacia el café, abriéndome paso sin delicadeza. Paso por donde está la loca de la cuadra –así se la conoce y se la nombra - sentada en un cantero haciendo sus artesanías en alambre mientras se fuma un porro como si nada pasara.

Me cruzo con tres gitanas viejas y gordas. Me detienen para pedirme cigarrillos a cambio de leer mis manos. Las mando a cagar a los yuyos y sigo caminando a los empujones. Qué mal me caen los gitanos. Todo me cae mal y la sangre que me sale de la boca me está haciendo sentir mareos. Logro entrar al café, que por suerte está vacío. Desde la puerta saludo a Adalberto levantando una mano y la veo temblar. Trato de llamar al celular de Franco. Una mezcla de bronca y tristeza me van bordando las ideas. Dejo la vista fija en mis dedos que tiemblan… y Franco que no contesta el celular y yo que lo cagaría a trompadas ahora mismo, a él, a la policía, a los periodistas, y pondría una bomba en la peatonal para que exploten por el aire las viejas chusmas, las gitanas, el boludo que está vendiendo pochoclos…

-La puta madre que lo parió, no puede ser...- saluda el Negro, llegando al café, justo para ver mi desmayo entre las sillas.

domingo 7 de septiembre de 2008

3. QUE EMPIECE EL SHOW





El gato emitió un quejido al verla acercarse con una jarra y una cubetera en las manos. Ella avanzó hacia la mesada, en donde tuvo que estirarse hasta la mucheta de la ventana para tomar su planta predilecta. La regó con agua helada y luego colocó los trozos de hielo sobre la tierra, sin que hagan contacto con los tallos. El gato aguardaba que terminara para volver a su cálida siesta. Ramona optó por cambiar la maceta de lugar, ya que la ventana permitía el ingreso directo del sol, preferido por el gato, pero altamente perjudicial para la Violeta de los Alpes, blanco de halagos de las vecinas que la visitaban a menudo. Su habilidad y dedicación en el cuidado de las plantas era solo comparable a su afición y destreza por la cocina vegetariana y el chisme barrial.

Llevó la maceta hasta un rincón reparado, en donde la luz era menor durante todo el día. El balcón simulaba a un pequeño vivero, con toques de huerta doméstica, en la que no faltaban los almácigos de perejil y lechuga morada en cajones, los plantines de albahaca y hasta un arbusto de romero, enclavado en lo que fuera alguna vez un tarro de leche. Esos aromas, mezclados con los del incienso, los jazmines y la menta, ejercían el dominio del aire, impidiendo el paso de los gases que los caños de escape de los colectivos espetaban con flotante impunidad.

Inclinada, allí entre la Azalea (alguien le había dicho que las fastuosas flores lilas de esa planta eran venenosas) y el Malvón, se sobresaltó al descubrir un pequeño pájaro muerto.





Todos pisoteaban el suelo aun húmedo. Fernando miraba la escena lamentándose; las pisadas se desparramaban por el lugar y aunque se iban extinguiendo a medida que se alejaban del mostrador, igual debería repasar todos los recorridos antes de que volviera el Comisario.

Cuando le llegó el cambio de destino gritó que “al fin le tocaba una buena racha”. A sus compañeros de entonces les repetía “ahora voy a estar todo el día de punta en blanco, como un señor, sin ensuciarme los zapatos”, y agregaba, burlón: “en el centro de la City está la papa ¡y no hay barro, como en este pantano de mierda!”, riendo a carcajadas.

Ahora recordaba esos momentos, mientras miraba el piso y cómo a su pantalón azul le iban apareciendo lunares blancos; era el tercer pantalón en un mes que se le manchaba con lavandina. Y era la tercera vez, también, que le tocaba limpiar el vómito de un detenido. En este caso, un viejo vagabundo ebrio que habían llevado a pedido de un amigo del Comisario, dueño de una casa fotográfica que solicitó que “le retiraran el harapo de la vereda porque le deslustraba el paisaje”. El “harapo” ingresó y regó el piso con vino barato tibio; automáticamente todos miraron al verdecito.

“Derecho de piso, macho; pero de piso sin barro”, le gritaban socarronamente por teléfono sus antiguos compañeros, cuando él les contaba que lo hacían limpiar el baño o “las lanzadas de esos borrachos de mierda que traen acá”.

Fernando Borges, alto, morocho, aficionado a la práctica de deportes y a la cerveza, 24 años, soltero, nacido en la ciudad de Lobería, llevaba en la policía doce meses, y uno en esa comisaría céntrica de Mar del Plata, en donde no tardó más de una semana en enterarse del manejo de “algunas papas”. La prensa era una de ellas.





El humo de los cigarrillos iba tapizando el cielo raso de la pequeña oficina. La luz de los tubos fluorescentes ponía en evidencia la falta de pintura de las paredes amarillentas y las telas de arañas, que intentaban modelar la redondez en los rincones. Una capa de tierra opacaba el paisaje de un almanaque, cuya fecha de vencimiento ya había sido pasada un año antes. El color de la única cortina, que tal vez habría sido blanca, ahora mostraba un inconfundible tono nicotina apelmazada.

Rodeados de televisores, monitores de computadoras, faxes, teléfonos y tazas con café, el personal escuchaba las malas noticias que el gerente tenía para comunicarles.

- ..y todos vamos a tener que buscarnos otro trabajo. (Se incluyó sabiendo que él seguiría trabajando para ese medio.)

- Señor, –habló Rocío, una de las más nuevas y prometedoras reporteras- ¿podemos saber el por qué?

- Es una decisión de la central de Buenos Aires. Van a dejar a dos o tres como corresponsales, y el resto...

- Pero...
–interrumpió de nuevo la mujer, mientras el resto permanecía en cavilando- nosotros trabajamos bien, cubrimos todo a tiempo, además de cubrir también la zona...

- Si, si, claro. Decíselo a ellos –
gruñó-, que dicen que Mar del Plata genera noticias sólo en la temporada, y en esa época todos los medios están acá establecidos.

- Dígamelo a mí –
se lamentó Rutiño, el encargado de espectáculos.

- ¿Se sabe cuándo cerraríamos? -Preguntó el periodista deportivo. Cundió un prolongado silencio.

- No, todavía no, pero calculo que será este mes. - El gerente terminó de beber el café. Jugaba con una banda elástica entre los dedos. Iba a decir algo, pero habló por el intercomunicador la secretaria de la redacción…





Ramona forcejeó con el gato; la había seguido hasta ahí y ahora intentaba merendarse el pichón de plumas grises. Finalmente decidió retirarlo mediante una patada en el lomo, logrando que el felino se elevara unos centímetros del piso de cerámicos naranjas.

El teléfono, en el living, comenzó a sonar. Cerró la puerta vidriada al ingresar, dejando a su obstinada mascota adentro, impidiéndole el acceso al infortunado gorrión. Varias aves ahora se posaban en el borde del balcón. “Qué solidarias”, pensó al mirarlas y atendió el llamado.

Quién llamaba era la vecina del departamento de al lado, Elvira; una anciana (que también tenía gatos) acostumbrada a pasar los años frente a la ventana y al televisor. La señora –dijo- le había tocado el timbre varias veces sin conseguir que la atendiera. Ramona se disculpó argumentando que estaba bañándose, pero la verdad era que no lo había escuchado sonar; lo haría revisar por un técnico, se prometió al cortar la comunicación. Casi olvida el motivo del llamado de la vecina. Elvira le pidió que se asomara por el balcón a ver lo que pasaba en el edificio de enfrente, porque debido a su poca visión no alcanzaba a distinguir si lo que estaba en la cornisa era un hombre o una sábana volada, como otras veces.

El gato jugaba a golpear con su pata las hojas de un Potus, que asomaban desde una de las macetas del living.

Ramona recordó al desdichado pájaro y tomó la escoba y una pala antes de salir al balcón para poder darle plástica sepultura. Quedó paralizada al mirar hacia el frente: Elvira tenía razón. Vio al hombre parado en la cornisa y en la remera tenía... ¿manchas de sangre?

Gritó al sentir el contacto del lomo del gato contra sus piernas y salió corriendo, desesperada, a llamar por teléfono.





Los almuerzos de su superior solían durar hasta bien entrada la tarde, por lo que no se preocupó en utilizar el escritorio principal. Encendió un cigarrillo.

Mientras jugaba al solitario en la computadora, Fernando pensaba que llegaría el día del arribo de un nuevo policía a quién todos –incluido y principalmente él- le harían pagar el derecho de piso. Y ya no más limpiar baños ni vómitos ni tener que ir a pedir las facturas para el mate a la panadería de la otra cuadra o las pizzas. Para eso estaría el nuevo “verdecito”, como ahora le decían a él, aludiendo a su inmadurez policial.

Se le trabó el juego. Desde la calle llegó el ruido de una frenada de un auto. Cerró el programa y atendió el teléfono, que sonaba desde hacía dos minutos. Tiró el cigarrillo dentro del cenicero, sin apagarlo, y comenzó a anotar los datos que le pasaba la operadora central.

Antes de avisar por la frecuencia de radio, tomó el teléfono y marcó un número.

- Papita...- murmuró para sí, mientras una voz le decía que esperara unos segundos – ...una papita.





Rocío fue corriendo hasta el teléfono. En el breve recorrido encontró rostros apesadumbrados, y hasta vio a alguna compañera llorar por el inminente despido. Atendió la llamada advirtiendo:

- Más vale que esta vez sea algo bueno.

- Más te vale a vos, nena, que esta vez me pases lo que me corresponde. El otro día me largaste duro y eso que era una posible toma de rehenes. Ni una moneda al primo, muñeca. Decile a tu jefecito que no sea rata y se ponga con la de hoy.

- Si, toma de rehenes, pelotudo; -recordó ella - era un empleado que le quiso pegar al dueño porque le debía el aguinaldo. Casi me echan por esa boludez. Dale tarado ... ¿qué tenés?

- Anotá: un tipo ensangrentado en una cornisa... ¡qué titular muñeca!, en Corrientes y la peatonal. Decile a tu jefe que me pague al toque que estoy hasta las bolas con el alquiler.

- Le digo,
- mientras anotaba- le digo. Te veo allá. Chau.

Cortó la comunicación. Volvió corriendo a la oficina con el pedazo de papel en la mano y se lo dio al gerente, a quien se le transformó la expresión de golpe. Tomó el teléfono y mientras marcaba un número dijo a los gritos:

- Rocío, salís en directo. Lucite nena, llegá con la cámara prendida desde unas cuadras antes que yo ya conecto con Buenos Aires y lo confirmo. Ya van a ver estos forros como Mar del Plata genera noticias.

La orden desde Buenos Aires fue la esperada: que empiece el show.

sábado 6 de septiembre de 2008

2. UN DÍA DE MIERDA


Una oleada de viento repentino ingresó por la ventana, desparramando en su pecho el contenido del cenicero que tenía sobre el abdomen. Maldijo sin pausa el clima de la ciudad (siempre estuvo en desacuerdo con que a Mar del Plata se la llamara “La feliz”).

Dejó el control remoto -que estaba envuelto en distintas cintas adhesivas, producto de reparaciones caseras urgentes- sobre la mesita en la que acababa de cruzar sus pies, y con un quejido se incorporó para ir a cerrar la ventana. El cielo tenía el mismo color que el asfalto de la avenida Luro que, más abajo y hacia la izquierda, aparecía ocupada apenas por algunos colectivos con techo de membrana plateada. Un poco más allá se veía de frente el contorno del continente, en el segmento que ocupan la playa Popular y Punta Iglesias. A la derecha, la peatonal San Martin lucía semi desierta.

Le costó cerrar la ventana de madera vieja, hinchada por la humedad. Renegó nuevamente por el mal tiempo, por la ciudad e incluyó también a las palomas que elegían su balcón para suicidarse, y a la vida en general.

Franco se desplomó sobre el sillón, junto a su mal humor y encendió el televisor. La imagen que apareció en el artefacto era indescifrable y con el sonido entrecortado. Esta vez se maldijo a sí mismo por no haber aceptado el plan de antena colectiva que le propusieran en la reunión del consorcio, optando por su clásica -y hasta acá efectiva- antena individual rítmica, que golpeaba el cable contra la fachada del edificio al son del viento.

Antes, ya había probado todos los sistemas: el “agro-textil interior” (una papa con dos agujas de tejer), el “repostero-satelital” (una budinera abollada, con infructuosas intenciones de radar), y hasta el desquiciado “asador- parabólico- coaxil” (una parrilla enlozada con cables soldados con estaño a martillazos). Así que terminó usando el cable que apareció colgando junto a la ventana una tarde de viento (ese día conectó el televisor al cable aparecido sin mucha esperanza y descubrió que funcionaba relativamente bien. Hasta hoy).

Con los ojos resignados, enfocando la pantalla llena de rayas horizontales, recordó haber leído esa mañana en una revista vieja que “hay días malditos, jornadas execrables en las que es mejor la inactividad total, para no tentar al destino, puesto que cualquier cosa que se emprenda, por mínima que sea, saldrá indefectiblemente mal; ni siquiera puede uno masturbarse a gusto, ya que no será extraño que al rato, nuestra ex novia -quien nos ha abandonado hace años, sin darnos ninguna explicación- regrese, recién embarazada”.

No obstante el recuerdo del artículo, se supuso la excepción de la regla enunciada en la publicación. Descolgó el espejo del baño, y lo colocó sobre una silla, frente al televisor. Él se ubicó detrás del aparato, y fue chequeando el reflejo de la imagen, toda vez que tocaba la ficha de conexión.

Desafiando cualquier superstición, el espejo fue deslizándose por el asiento hasta caer y estallar, a la par de la ira de Franco.

-La concha de mi hermana – gritó, pateando la mesita que estaba frente al sillón. Miró con desprecio los restos del control remoto caído junto con los adornos que poblaban la mesa recién regada de trozos de espejo.

Tomó un destornillador y una pinza del cajón del aparador, los colocó en el bolsillo de su bermuda, y salió del departamento, mientras se acomodaba el teléfono celular en el cinturón. Omitió el ascensor. Caminó hasta la escalera, subiendo sin frenar los siete pisos hasta el lavadero. Allí, transpirado, se encontró frente a la puerta que se antepone a la azotea. Tal como lo supuso, la puerta estaba cerrada con llave y sin picaporte, ya que la terraza de ese viejo edificio llevaba mucho tiempo sin estar disponible al uso general.

Intentó abrirla con las herramientas que llevaba en el bolsillo, sin obtener resultados positivos, lo que lo encolerizó aun más. Pensó que sus insultos actuarían intimidando el metal, haciéndolo dilatarse; pero la puerta ni siquiera se arqueó con las violentas patadas. Sonaba demasiado sólida como para abrirse.

La situación desfavorable no lo amedrentó. Empuñando una pinza, rompió el vidrio de la pequeña ventana existente arriba del piletón del lavadero. Como obedeciendo el dictamen de no desentonar en la jornada, un pedazo de vidrio obsecuente le cayó sobre la mejilla, cortándola sin demasiada profundidad, pero con la suficiente precisión como para lograr que la sangre comenzara a brotar.

Mientras su remera blanca se manchaba con lágrimas rojas, trepó hasta la ventana, y por ella salió, no sin dificultad, hacia la cornisa. Afuera, el cielo continuaba gris asfalto.

Franco estimó que para alcanzar la parte más alta de ese viejo “edificio de mierda” debería caminar unos cinco metros casi colgado por la cornisa de veinticinco centímetros de ancho, para asirse de un caño saliente y trepar por ahí, haciendo pie en pequeñas salientes de metal (¿antiguos escalones mal cortados?) hasta poder tomar el caño mayor y estirarse hacia la base del resquebrajado tanque de agua, en donde estaba enclavada la maldita antena de su televisor.

Ahí tuvo la idea. Ingresó nuevamente por la ventana al lavadero y corrió por la escalera hasta su departamento. Llenó una mochila con todo lo que creyó necesario y volvió a subir. Se colocó la mochila de manera que le quedara de frente y dio un salto que le permitió subirse a la cornisa. Ahora debería caminar despacio, con la espalda pegada al tramo último de la fachada, que se elevaba casi tres metros sobre él.

Al segundo paso oyó un crujido: un murciélago, seco, yacía debajo de su pie. Odiaba esas ratas con alas, por lo que se regodeó al hacerlo crujir nuevamente.
Trepó despacio, asustado, sin mirar hacia abajo. Una bufanda de vértigo le envolvió la garganta cuando finalmente logró subir al tanque. La suya era la única antena ahí arriba. Se sentó en el borde y tomó el celular.

Cuando atendí la llamada escuché que Franco me decía agitado:
-Estoy en el tanque de agua de mi edificio. Subí para arreglar esta antena de mierda y se me ocurrió la idea de matarme.

Y cortó.


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